¡Imbéciles!
Mira a la parejita que se le ha sentado enfrente, en el metro, y no puede evitarlo. Con las manos en el regazo los observa y adivina sufrimiento en las caricias torpes, anticipa dolor donde ahora sólo hay goce y placer.
La pareja comienza a sentirse incómoda, observada, y el chico está a punto de decir algo, pero ella lo frena, quiere una tarde tranquila.
El hombre se apoya en el asiento para levantarse. Sólo entonces separa las manos. Sólo entonces, los chicos, ven con asco que le falta el dedo anular de la mano derecha.
29 marzo 2010
03 marzo 2010
Descreados
Publicado por
Jesus Esnaola
Casi lo había olvidado. Debe de ser por la impresión que me causó la muerte del último hombre en la Tierra. Yo no tuve nada que ver. Los siguientes días se extinguieron los animales, los peces, las aves hasta que el planeta quedó desierto. El sol y la luna se vieron inmersos en un eterno eclipse que sumió todo en la más absoluta oscuridad. Mañana, jueves, acabaré con la vegetación, total para qué, para quién. Así que sólo me quedará hacer barro con la tierra y el agua y, el sábado, fundiré la noche con el día. El domingo te dejaré mi sitio, Jesús, hijo mío.
01 marzo 2010
Motivación
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Jesus Esnaola
Bicho gafoso de mierda, le dije. Entonces me miré en los cristales de sus anteojos y vi al cucaracha, como me decían entonces por ir siempre vestido de negro. Vi mis dientes torcidos y recordé a los niños llamándome tiburón y huyendo de mi lado como si temieran que los fuera a devorar allí mismo. Vi mis brazos largos, mis piernas arqueadas y recordé cómo me decían maguila gorila.
Pero, al fin, era yo el que tenía cogido al bicho de la pechera y no podía echarme atrás. Porque si lo hacía a la cucaracha, el tiburón y maguila tendría que añadir el gallina.
*Otro de tantos intentos fallidos. No es fácil llegar a la final en este concurso, pero por probar que no quede.
Pero, al fin, era yo el que tenía cogido al bicho de la pechera y no podía echarme atrás. Porque si lo hacía a la cucaracha, el tiburón y maguila tendría que añadir el gallina.
*Otro de tantos intentos fallidos. No es fácil llegar a la final en este concurso, pero por probar que no quede.
El primo Carlos
Publicado por
Jesus Esnaola
Además me voy a chivar a mis padres, digo. El primo Carlos es el mejor del mundo. Sabe los juegos más divertidos y me encanta ir a su casa, sobre todo cuando no están sus papás y podemos jugar al escondite, al balón en el pasillo y saltar sobre las camas. Los tíos son muy buenos pero se enfadan si gritamos mucho y hacemos ruido, más cuando el tío Fran está viendo la peli del oeste.
Hoy el primo Carlos se ha inventado un juego nuevo. Yo estoy enferma y él me cura. Pero me ha hecho daño ahí abajo.
*Lo cierto es que nunca albergué muchas esperanzas de que "El primo Carlos" pudiera ser del gusto del jurado, pero lo escribí, y aquí os lo dejo.
Hoy el primo Carlos se ha inventado un juego nuevo. Yo estoy enferma y él me cura. Pero me ha hecho daño ahí abajo.
*Lo cierto es que nunca albergué muchas esperanzas de que "El primo Carlos" pudiera ser del gusto del jurado, pero lo escribí, y aquí os lo dejo.
25 febrero 2010
La culpa
Publicado por
Jesus Esnaola
Roche ha muerto, oigo decir a Mar, la administrativa que ha entrado a las seis, en el turno de mañana del depósito de coches. Habla por teléfono con un hilo de voz, susurrando como lo haces cuando estás violando un secreto. De un infarto.
Entro en la oficina y Mar me mira pero no me hace caso, sólo constata que he escuchado lo que está diciendo y se siente culpable, como si Roche no habría muerto si ella hubiera sabido mantener la boca cerrada. Le hago un gesto con la mano para que no se preocupe, vuelvo a mi garita que está comunicada con la suya por una puerta y le doy la espalda al sentarme. Tengo cosas que hacer y trabajaremos juntos durante ocho horas. Habrá tiempo.
Mar, pese a levantarse a las cuatro y media de la mañana, llega siempre maquillada y arreglada al trabajo como si tuviera una cita. Ya has oído ¿verdad?, dice, con esa mirada de pobre de mí que usa para sacar a los seguratas todo lo que quiere. Iba a decirle que sí, que cómo era posible, que ayer mismo lo vi y que parecía estar mucho mejor, que a los hombretones como él, con sólo cuarenta y dos años, el corazón no se les para, que parece una broma de mal gusto, pero no soy capaz de decir nada porque una congoja horrible me aprisiona la garganta, sólo acierto a ajustarme la corbata de mi uniforme de soldadito, por hacer algo con las manos, y se me escapa un gemido de tristeza y enfado y confusión.
Termino de rellenar el informe diario y salgo a que me dé el aire, a respirar un poco porque el nudo que tengo está creciendo y temo que de un momento a otro me impida respirar. Voy a la máquina de café intentando evitar las lágrimas. No quiero llorar. Sólo quiero un café bien caliente, un cigarrillo, qué tendrá la mierda de tabaco que tras meses sin fumar ni un pitillo hay momentos en que parece ser lo único que te puede hacer la vida soportable; y sobre todo quiero apartarme de Mar, quiero alejarme de ella porque estoy a punto de decir algo que no debo, algo que los dos pensamos desde que nos han dado la noticia y que no queremos decir porque en cuanto lo hagamos será realidad, porque aun no siendo ciertas, las palabras le darán cuerpo y para siempre será verdad aunque lo cierto sea tan sólo que Roche se ha muerto, que lo ha hecho de un infarto al corazón, de miocardio, como si hubiera otras muertes que no implicaran que el corazón se te pare.
Veo entrar un coche en el depósito. Son las siete menos cuarto así que debe de ser Pablo, el jefe. Es el único que llega tan temprano además de los médicos que trabajan en el hospital de Vall d’Hebron que está justo frente a nosotros y que hacen uso del parking que comparte espacio con el depósito. Los gruistas han ido desfilando, despacio, hacia el vestuario pero hoy me hago el ocupado, evito hacer las bromas de cada día, me las ingenio para no cruzarme con ellos cuando van llegando, sobre todo con Pedro. Ayer mismo Pedro trabajó con Roche, solían ir juntos en la grúa. Aunque, si he de decir la verdad, hacía tiempo que nadie quería trabajar con Roche.
El jefe entra en su despacho y cierra la puerta. Sólo me asomo un segundo para pedirle el servicio del día y tras un breve saludo pulsa el botón Enter de su ordenador para imprimirlo y me lo da. Roche está incluido en el servicio, con la grúa ciento ochenta y ocho, de ayudante de Pedro como venía haciéndolo últimamente. Se lo devuelvo a Pablo, joder no me he dado cuenta, dice y lo oigo teclear otro nombre, no sé si Pedro querrá irse a casa, si no, se me ha quedado suelto, llamaré a Carlos a ver si tiene un ayudante libre. Me devuelve la hoja, estaba jodido desde hace tiempo, dice y vuelve a sus tablas, a sus cálculos, al número de coches ingresados por grúa. Claro que estaba jodido. ¿No lo habrías estado tú?
A Mar se le ha corrido todo el maquillaje. Se lo digo y coge la llave del baño. Bastante enfadada viene la gente a pagar los ciento cincuenta euros de la grúa como para que parezca que les está atendiendo una versión femenina del Joker.
Miro por la ventana. Por la zona donde están las máquinas de café y de comida se aprecia movimiento pese a que aún no asoma el sol por el horizonte. Una de las cosas de bueno que tiene el depósito donde trabajo es que está al aire libre. Los depósitos subterráneos te dan una sensación de claustrofobia que no siempre es fácil de llevar. Te sientes aislado del mundo de modo que la vida interior del depósito se convierte en lo único plausible, sólo un rumor de motores, de tacos mal disimulados y de dinero cambiando de manos, si sólo pisaba diez centímetros del paso de cebra.
Veo salir a Pablo del despacho, no te vayas por favor, y me dice que tiene que ir a casa a buscar las gafas, que las ha olvidado. No es el único que ha olvidado algo. Roche también ha olvidado venir. Tal vez se le ha cambiado el turno. Tal vez esté en el infierno de los gruistas.
Llega el operario del parking y lo veo pararse con Ramón, lo veo llevarse las manos a la cabeza, casi le oigo abrir los ojos y mentir con ellos, joder qué fuerte pero cómo, y no acaba la frase porque no hay frase que acabar. Unos segundos más tarde me saluda, hola Toni, qué tal, te has enterado, y yo digo que sí con la cabeza la muevo hacia abajo y como si tuviera muelles me rebota, dos o tres veces, cada vez un poco menos, ¿quieres un café, cortado, sin azúcar?, y se va hacia la máquina.
Pablo sube a la moto del servicio, la arranca, se coloca el casco y sale hacia casa. Las gafas dice. Los ciudadanos cabreados no han comenzado a llegar así que puedo seguir dándole vueltas a la cabeza puedo seguir pensando en Roche, maldito Roche, cobarde de mierda.
Hace cinco años le compró una moto a Pau, su hijo. Joder hoy en día los críos tienen que tenerlo todo. Vaya moto, sus frenos de disco, sus dos cilindros, su escape modificado, el limitador de velocidad eliminado por sólo un poco más y su ataúd de pino y el sentimiento de culpa para Roche, el dolor para siempre, el dolor por haber matado a su hijo. Sólo tardó dos semanas en estrellarse contra un muro, para que no dejara de quererle. Culpable.
Creo que no volví a oírle reír. Durante meses ni siquiera sonreír. Su cara se convirtió en una máscara grotesca donde los ojos, la nariz, la boca no eran más que oquedades muertas. Roche.
Reparto las grúas en la antigua garita del CAS. Sin bromas ni protestas. Nadie se queja de la grúa que le doy ni del compañero que tiene asignado. Sólo Paco tuerce el gesto pero antes de que abra su bocaza le digo que si tiene algún problema hable con Pablo, que le llame por teléfono porque ha olvidado las gafas y se ha ido a casa a buscarlas. Miro hacia la garita y Mar vuelve a hablar por teléfono; con alguna compañera, o con su marido, o tal vez ha conseguido contactar con Roche desde el más allá.
Roche tuvo un brote, así lo llamaban, como si le estuviera saliendo una planta en alguna parte del cuerpo. Se volvió violento. La mayor parte del tiempo parecía normal pero a veces, de repente, sin saber por qué, ni siquiera él sabía por qué, se volvía loco. No llegó a hacer daño a nadie pero hubo un momento en que era imposible encontrar a alguien que quisiera trabajar con él. Nadie quería trabajar con él. Nadie quería verse en él. Porque Roche era el tío más querido de todo el depósito, el mejor compañero, el más bromista. Roche hacía que trabajar resultara un poco menos jodido. Y ahora parecía Satanás encarnado, un tentetieso de humores que nunca sabías hacia qué lado estaba inclinado.
Reúno un poco de valor y regreso a la garita. El del parking está haciendo el arqueo y prefiero no distraerle pese a que me muero por hablar con alguien. Oigo a Mar que cuelga. Te has enterado de algo, le digo, sabes algo más, un infarto vuelve a decirme, sólo eso, se acostó bien, sí, de puta madre pienso, no hay más que verlo, y Mar se echa a llorar otra vez qué burro soy, perdona es que me duele.
El día del accidente estaba yo de servicio. Un día tranquilo, como tantos. Roche había entrado en la oficina de administrativos para darle a Patricia una denuncia. Entonces vio, a través del cristal, una grúa que traía la moto de Pau, destrozada, un amasijo de cables, hierros y goma doblada. Roche se quedó mirándola, era imposible que la hubiera reconocido pero supongo que el corazón, el maldito corazón, se le disparó como una alarma de intrusión, supongo que empezó a sentir que se le salía por la boca y comenzó a andar hacia la zona M donde dejan las motos más destrozadas, primero despacio y cada vez más rápido, y dio un par de vueltas alrededor de aquello en que se había convertido la moto de Pau, buscando algún número de la matrícula, o la pegatina de la tienda donde la compró o cualquier detalle que lo sacara de la duda que lo estaba ahogando, menuda hostia, le dice el compañero que está ingresando la moto, y el chaval, lo han traído aquí enfrente pero yo creo que buff, estaba muy mal y Roche lo coge del pecho, la matrícula, dime la matrícula Paco, y Paco mira sus notas, se la dice y Roche la memoriza y va corriendo a la oficina y le dice a Patricia, la administrativa, que cuelgue el teléfono y mire quién es el titular de esa moto, que cuelgue el maldito teléfono y mire esa matrícula en el IMH, y Patricia lo mira asustada, hasta Pablo ha salido del despacho para ver qué pasa, los gritos, los gritos, y Patricia dice Pau pero no sigue porque ve el apellido y se da cuenta y Roche grita, joder, aún oigo el eco de esos gritos en mi cráneo, como si le estuvieran cortando un brazo, como si la muerte se le hubiera agarrado al pecho y tirara de él, sin soltarlo. Y silencio. Unos segundos. Es aún peor. Roche sale corriendo. Al hospital de Vall d’Hebron. Enfrente. Con Pau.
Pasó meses de baja. Volvió varias veces, intermitentemente, y de nuevo al vacío, al agujero. Caminaba envarado, rígido, supongo que consecuencia de las pastillas que no saben de selección cuando se trata de tranquilizar. Lo tranquilizan todo, hasta la calma y entonces caminas sin mover los hombros, despacio, con la vista clavada en el suelo, y hablas bajo, como si a nadie en el mundo le interesara lo que dices, pero todo el mundo supiera lo que necesitas, todo el mundo te dice que hay que seguir adelante, que todos tenemos problemas y una palmadita en la espalda. Y que das miedo Roche, aunque nadie se atreva a decírtelo.
Son las diez y Pablo ha encontrado sus gafas, o al menos ha regresado. Mar recupera el ritmo normal de trabajo y atiende a la gente que se acerca a ventanilla. El chico del parking se afana en reparar una de las barreras de entrada que le está dando problemas y la chica de la limpieza intenta pasar desapercibida que es lo mejor que puede hacer la chica de la limpieza. Las grúas van cogiendo coches en la calle y los traen al depósito y yo intento que los ciudadanos sean seres humanos civilizados, cabreados pero civilizados. Y me enfado, aunque tampoco mucho, porque, en el fondo, a todos nos alegra que Roche, de morirse, lo haya hecho de un infarto.
Entro en la oficina y Mar me mira pero no me hace caso, sólo constata que he escuchado lo que está diciendo y se siente culpable, como si Roche no habría muerto si ella hubiera sabido mantener la boca cerrada. Le hago un gesto con la mano para que no se preocupe, vuelvo a mi garita que está comunicada con la suya por una puerta y le doy la espalda al sentarme. Tengo cosas que hacer y trabajaremos juntos durante ocho horas. Habrá tiempo.
Mar, pese a levantarse a las cuatro y media de la mañana, llega siempre maquillada y arreglada al trabajo como si tuviera una cita. Ya has oído ¿verdad?, dice, con esa mirada de pobre de mí que usa para sacar a los seguratas todo lo que quiere. Iba a decirle que sí, que cómo era posible, que ayer mismo lo vi y que parecía estar mucho mejor, que a los hombretones como él, con sólo cuarenta y dos años, el corazón no se les para, que parece una broma de mal gusto, pero no soy capaz de decir nada porque una congoja horrible me aprisiona la garganta, sólo acierto a ajustarme la corbata de mi uniforme de soldadito, por hacer algo con las manos, y se me escapa un gemido de tristeza y enfado y confusión.
Termino de rellenar el informe diario y salgo a que me dé el aire, a respirar un poco porque el nudo que tengo está creciendo y temo que de un momento a otro me impida respirar. Voy a la máquina de café intentando evitar las lágrimas. No quiero llorar. Sólo quiero un café bien caliente, un cigarrillo, qué tendrá la mierda de tabaco que tras meses sin fumar ni un pitillo hay momentos en que parece ser lo único que te puede hacer la vida soportable; y sobre todo quiero apartarme de Mar, quiero alejarme de ella porque estoy a punto de decir algo que no debo, algo que los dos pensamos desde que nos han dado la noticia y que no queremos decir porque en cuanto lo hagamos será realidad, porque aun no siendo ciertas, las palabras le darán cuerpo y para siempre será verdad aunque lo cierto sea tan sólo que Roche se ha muerto, que lo ha hecho de un infarto al corazón, de miocardio, como si hubiera otras muertes que no implicaran que el corazón se te pare.
Veo entrar un coche en el depósito. Son las siete menos cuarto así que debe de ser Pablo, el jefe. Es el único que llega tan temprano además de los médicos que trabajan en el hospital de Vall d’Hebron que está justo frente a nosotros y que hacen uso del parking que comparte espacio con el depósito. Los gruistas han ido desfilando, despacio, hacia el vestuario pero hoy me hago el ocupado, evito hacer las bromas de cada día, me las ingenio para no cruzarme con ellos cuando van llegando, sobre todo con Pedro. Ayer mismo Pedro trabajó con Roche, solían ir juntos en la grúa. Aunque, si he de decir la verdad, hacía tiempo que nadie quería trabajar con Roche.
El jefe entra en su despacho y cierra la puerta. Sólo me asomo un segundo para pedirle el servicio del día y tras un breve saludo pulsa el botón Enter de su ordenador para imprimirlo y me lo da. Roche está incluido en el servicio, con la grúa ciento ochenta y ocho, de ayudante de Pedro como venía haciéndolo últimamente. Se lo devuelvo a Pablo, joder no me he dado cuenta, dice y lo oigo teclear otro nombre, no sé si Pedro querrá irse a casa, si no, se me ha quedado suelto, llamaré a Carlos a ver si tiene un ayudante libre. Me devuelve la hoja, estaba jodido desde hace tiempo, dice y vuelve a sus tablas, a sus cálculos, al número de coches ingresados por grúa. Claro que estaba jodido. ¿No lo habrías estado tú?
A Mar se le ha corrido todo el maquillaje. Se lo digo y coge la llave del baño. Bastante enfadada viene la gente a pagar los ciento cincuenta euros de la grúa como para que parezca que les está atendiendo una versión femenina del Joker.
Miro por la ventana. Por la zona donde están las máquinas de café y de comida se aprecia movimiento pese a que aún no asoma el sol por el horizonte. Una de las cosas de bueno que tiene el depósito donde trabajo es que está al aire libre. Los depósitos subterráneos te dan una sensación de claustrofobia que no siempre es fácil de llevar. Te sientes aislado del mundo de modo que la vida interior del depósito se convierte en lo único plausible, sólo un rumor de motores, de tacos mal disimulados y de dinero cambiando de manos, si sólo pisaba diez centímetros del paso de cebra.
Veo salir a Pablo del despacho, no te vayas por favor, y me dice que tiene que ir a casa a buscar las gafas, que las ha olvidado. No es el único que ha olvidado algo. Roche también ha olvidado venir. Tal vez se le ha cambiado el turno. Tal vez esté en el infierno de los gruistas.
Llega el operario del parking y lo veo pararse con Ramón, lo veo llevarse las manos a la cabeza, casi le oigo abrir los ojos y mentir con ellos, joder qué fuerte pero cómo, y no acaba la frase porque no hay frase que acabar. Unos segundos más tarde me saluda, hola Toni, qué tal, te has enterado, y yo digo que sí con la cabeza la muevo hacia abajo y como si tuviera muelles me rebota, dos o tres veces, cada vez un poco menos, ¿quieres un café, cortado, sin azúcar?, y se va hacia la máquina.
Pablo sube a la moto del servicio, la arranca, se coloca el casco y sale hacia casa. Las gafas dice. Los ciudadanos cabreados no han comenzado a llegar así que puedo seguir dándole vueltas a la cabeza puedo seguir pensando en Roche, maldito Roche, cobarde de mierda.
Hace cinco años le compró una moto a Pau, su hijo. Joder hoy en día los críos tienen que tenerlo todo. Vaya moto, sus frenos de disco, sus dos cilindros, su escape modificado, el limitador de velocidad eliminado por sólo un poco más y su ataúd de pino y el sentimiento de culpa para Roche, el dolor para siempre, el dolor por haber matado a su hijo. Sólo tardó dos semanas en estrellarse contra un muro, para que no dejara de quererle. Culpable.
Creo que no volví a oírle reír. Durante meses ni siquiera sonreír. Su cara se convirtió en una máscara grotesca donde los ojos, la nariz, la boca no eran más que oquedades muertas. Roche.
Reparto las grúas en la antigua garita del CAS. Sin bromas ni protestas. Nadie se queja de la grúa que le doy ni del compañero que tiene asignado. Sólo Paco tuerce el gesto pero antes de que abra su bocaza le digo que si tiene algún problema hable con Pablo, que le llame por teléfono porque ha olvidado las gafas y se ha ido a casa a buscarlas. Miro hacia la garita y Mar vuelve a hablar por teléfono; con alguna compañera, o con su marido, o tal vez ha conseguido contactar con Roche desde el más allá.
Roche tuvo un brote, así lo llamaban, como si le estuviera saliendo una planta en alguna parte del cuerpo. Se volvió violento. La mayor parte del tiempo parecía normal pero a veces, de repente, sin saber por qué, ni siquiera él sabía por qué, se volvía loco. No llegó a hacer daño a nadie pero hubo un momento en que era imposible encontrar a alguien que quisiera trabajar con él. Nadie quería trabajar con él. Nadie quería verse en él. Porque Roche era el tío más querido de todo el depósito, el mejor compañero, el más bromista. Roche hacía que trabajar resultara un poco menos jodido. Y ahora parecía Satanás encarnado, un tentetieso de humores que nunca sabías hacia qué lado estaba inclinado.
Reúno un poco de valor y regreso a la garita. El del parking está haciendo el arqueo y prefiero no distraerle pese a que me muero por hablar con alguien. Oigo a Mar que cuelga. Te has enterado de algo, le digo, sabes algo más, un infarto vuelve a decirme, sólo eso, se acostó bien, sí, de puta madre pienso, no hay más que verlo, y Mar se echa a llorar otra vez qué burro soy, perdona es que me duele.
El día del accidente estaba yo de servicio. Un día tranquilo, como tantos. Roche había entrado en la oficina de administrativos para darle a Patricia una denuncia. Entonces vio, a través del cristal, una grúa que traía la moto de Pau, destrozada, un amasijo de cables, hierros y goma doblada. Roche se quedó mirándola, era imposible que la hubiera reconocido pero supongo que el corazón, el maldito corazón, se le disparó como una alarma de intrusión, supongo que empezó a sentir que se le salía por la boca y comenzó a andar hacia la zona M donde dejan las motos más destrozadas, primero despacio y cada vez más rápido, y dio un par de vueltas alrededor de aquello en que se había convertido la moto de Pau, buscando algún número de la matrícula, o la pegatina de la tienda donde la compró o cualquier detalle que lo sacara de la duda que lo estaba ahogando, menuda hostia, le dice el compañero que está ingresando la moto, y el chaval, lo han traído aquí enfrente pero yo creo que buff, estaba muy mal y Roche lo coge del pecho, la matrícula, dime la matrícula Paco, y Paco mira sus notas, se la dice y Roche la memoriza y va corriendo a la oficina y le dice a Patricia, la administrativa, que cuelgue el teléfono y mire quién es el titular de esa moto, que cuelgue el maldito teléfono y mire esa matrícula en el IMH, y Patricia lo mira asustada, hasta Pablo ha salido del despacho para ver qué pasa, los gritos, los gritos, y Patricia dice Pau pero no sigue porque ve el apellido y se da cuenta y Roche grita, joder, aún oigo el eco de esos gritos en mi cráneo, como si le estuvieran cortando un brazo, como si la muerte se le hubiera agarrado al pecho y tirara de él, sin soltarlo. Y silencio. Unos segundos. Es aún peor. Roche sale corriendo. Al hospital de Vall d’Hebron. Enfrente. Con Pau.
Pasó meses de baja. Volvió varias veces, intermitentemente, y de nuevo al vacío, al agujero. Caminaba envarado, rígido, supongo que consecuencia de las pastillas que no saben de selección cuando se trata de tranquilizar. Lo tranquilizan todo, hasta la calma y entonces caminas sin mover los hombros, despacio, con la vista clavada en el suelo, y hablas bajo, como si a nadie en el mundo le interesara lo que dices, pero todo el mundo supiera lo que necesitas, todo el mundo te dice que hay que seguir adelante, que todos tenemos problemas y una palmadita en la espalda. Y que das miedo Roche, aunque nadie se atreva a decírtelo.
Son las diez y Pablo ha encontrado sus gafas, o al menos ha regresado. Mar recupera el ritmo normal de trabajo y atiende a la gente que se acerca a ventanilla. El chico del parking se afana en reparar una de las barreras de entrada que le está dando problemas y la chica de la limpieza intenta pasar desapercibida que es lo mejor que puede hacer la chica de la limpieza. Las grúas van cogiendo coches en la calle y los traen al depósito y yo intento que los ciudadanos sean seres humanos civilizados, cabreados pero civilizados. Y me enfado, aunque tampoco mucho, porque, en el fondo, a todos nos alegra que Roche, de morirse, lo haya hecho de un infarto.
20 enero 2010
Alucinación
Publicado por
Jesus Esnaola
Mientras recojo mi destino del frío suelo de la cocina noto a Charo abrazada a mi espalda. Vuelvo a alzarlo lo más que puedo, lo acerco al fluorescente para verlo a contraluz. Parece un cuadro de Warhol de su cerebro pero en negativo. Le muestro a Charo la mancha que sale en su lóbulo frontal y siento sobre mi hombro la humedad de las lágrimas que me atraviesan. Me doy la vuelta, la miro a los ojos y le pido que no se asuste, que según el doctor tal vez sufra alucinaciones. La beso. Acaricio su cráneo suave, liso, sin un solo cabello. Estoy contigo. Y desaparezco.
15 enero 2010
Cocaine
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Jesus Esnaola
¡¡¡Sniff!!!
De pequeño esperaba durante todo el año a los Reyes Magos. Ahora sólo me importan los camellos.
De pequeño esperaba durante todo el año a los Reyes Magos. Ahora sólo me importan los camellos.
¡¡¡Sniff!!!
29 diciembre 2009
Seguridad
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Jesus Esnaola
-Señorita, me cago.
A la azafata aquello le pareció muy sospechoso pese a lo cual y por si acaso, activó el nuevo protocolo de despresurización intestinal y volvió a instruir al pasaje sobre el modo de utilizar las mascarillas de oxígeno.
27 diciembre 2009
De vuelta
Publicado por
Jesus Esnaola
En el tren, competición de tecnología; uno con su MacBook internet móvil, otro con su iPhone lleno de up's, el tercero con unas enormes gafas reproductoras de divx. Sonriendo les digo, yo en realidad viajo en tren por romanticismo y desaparezco bajo el cono de luz que emite el gorro de lana que me pongo cuando ya quiero estar en casa.
13 diciembre 2009
Cerrado por reformas
Publicado por
Jesus Esnaola
Con el fin de año he decidido darle un nuevo aire al blog. Cuando lo comencé hace unos meses no estaba muy convencido de que durara mucho pero, ahora que parece que sigue adelante, me gustaría hacerlo un poco más cómodo y visible, lo que dada mi pericia informática no sé muy bien cómo acabará. Así que si notáis cosas extrañas o, incluso desaparezco de vez en cuando, no temáis, es que estoy de reformas. Si tenéis algún tipo de sugerencia como blogs con buenos consejos o ayudas, serán bien recibidas.
Un abrazo muy fuerte a todos.
PD Intentaré no tardar mucho, no sea que pierda a la media docena de lectores que tenéis la paciencia de pasaros por aquí.
Un abrazo muy fuerte a todos.
PD Intentaré no tardar mucho, no sea que pierda a la media docena de lectores que tenéis la paciencia de pasaros por aquí.
24 noviembre 2009
IX Premio Diomedea de Relato Mínimo
Publicado por
Jesus Esnaola
El relato "El Niño y la Guerra", justo en el post anterior, ha resultado finalista del IX Diomedea. Para quienes no lo sepáis ésta es una iniciativa desinteresada de Sergi Bellver en su bitácora. Si os gusta la literatura en general y el cuento en particular no dejéis de visitarla. Os lo pongo fácil: tan sólo pinchad en el título de la entrada. Veréis como me lo agradecéis
07 octubre 2009
El hombre del parque
Publicado por
Jesus Esnaola
A B. le gusta ir al parque. Siempre al mismo banco, siempre a la misma hora. A B. le gusta observar a la gente, memorizar sus hábitos, sus rutinas.
B. es un tipo moreno, de estatura y peso normales. Siempre viste vaqueros y camiseta y, ahora, en invierno, una cazadora sencilla. No habla nunca si no es imprescindible y consigue lo que pretende; pasar desapercibido.
El sólo mira, graba en su cerebro lo que ve, selecciona y elimina, busca. Sin dejar escapar un gesto de su cara.
A las cinco de la tarde el parque se llena de niños que acaban de salir del colegio. Todos ellos van acompañados por sus madres o sus abuelas. B. prefiere este parque a otros por que los niños y niñas casi nunca van acompañados por sus padres. Los padres se aburren pronto de las conversaciones de las mujeres, de jugar o estar pendientes de su hijo, y se acercan al primer hombre que ven para hablar de fútbol, de política, o de lo mal nacido que es el jefe. B. no sólo no tiene el problema de aburrirse en el parque, sino que disfruta de su visita. Un día tras otro aprende algo nuevo, cada día añade detalles nuevos al mapa de costumbres que va creando en su cabeza. Costumbres ajenas. Costumbres de madres. Costumbres de niños.
Tras semanas de observación, sabe que la madre del niño pegón del parque, también es la que más habla en el corro de madres, y la que menos pendiente está de su niño. Sabe que Ángeles y Paula, desoyen a menudo los consejos de mamá y se alejan unos cincuenta metros al este, junto a la fuente, donde se sientan al pie de un árbol. Sabe lo que merienda cada uno de los niños, quién prefiere lo dulce a lo salado, y dónde prefieren ocultarse cuando juegan al escondite.
En invierno anochece temprano. No son ni las seis de la tarde y el día va perdiendo su claridad que, a duras penas intentan suplir las farolas.
Las madres comienzan a batirse en retirada. Comienzan a llamar a sus hijos y van gritando que es hora de ir a casa, a bañarse, a cenar. A descansar. En unos minutos sólo un niño se balancea en uno de los columpios. B. se levanta del banco, más ágil de lo que hasta ahora parecía, y se dirige hacia él. El niño lo mira, frena el balanceo y baja del columpio. B. le tiende una mano que el niño coge sin dudar.
-Es tarde cariño. Mamá nos espera.
B. es un tipo moreno, de estatura y peso normales. Siempre viste vaqueros y camiseta y, ahora, en invierno, una cazadora sencilla. No habla nunca si no es imprescindible y consigue lo que pretende; pasar desapercibido.
El sólo mira, graba en su cerebro lo que ve, selecciona y elimina, busca. Sin dejar escapar un gesto de su cara.
A las cinco de la tarde el parque se llena de niños que acaban de salir del colegio. Todos ellos van acompañados por sus madres o sus abuelas. B. prefiere este parque a otros por que los niños y niñas casi nunca van acompañados por sus padres. Los padres se aburren pronto de las conversaciones de las mujeres, de jugar o estar pendientes de su hijo, y se acercan al primer hombre que ven para hablar de fútbol, de política, o de lo mal nacido que es el jefe. B. no sólo no tiene el problema de aburrirse en el parque, sino que disfruta de su visita. Un día tras otro aprende algo nuevo, cada día añade detalles nuevos al mapa de costumbres que va creando en su cabeza. Costumbres ajenas. Costumbres de madres. Costumbres de niños.
Tras semanas de observación, sabe que la madre del niño pegón del parque, también es la que más habla en el corro de madres, y la que menos pendiente está de su niño. Sabe que Ángeles y Paula, desoyen a menudo los consejos de mamá y se alejan unos cincuenta metros al este, junto a la fuente, donde se sientan al pie de un árbol. Sabe lo que merienda cada uno de los niños, quién prefiere lo dulce a lo salado, y dónde prefieren ocultarse cuando juegan al escondite.
En invierno anochece temprano. No son ni las seis de la tarde y el día va perdiendo su claridad que, a duras penas intentan suplir las farolas.
Las madres comienzan a batirse en retirada. Comienzan a llamar a sus hijos y van gritando que es hora de ir a casa, a bañarse, a cenar. A descansar. En unos minutos sólo un niño se balancea en uno de los columpios. B. se levanta del banco, más ágil de lo que hasta ahora parecía, y se dirige hacia él. El niño lo mira, frena el balanceo y baja del columpio. B. le tiende una mano que el niño coge sin dudar.
-Es tarde cariño. Mamá nos espera.
05 octubre 2009
Alternativa
Publicado por
Jesus Esnaola

Frankenstein cogió a la niña de la mano. Pasó de largo junto al lago, algo le decía que era mejor evitarlo, y entró con la pequeña en un huerto cercano. Vio un fresal y se agachó para recoger el delicioso fruto, rojo y jugoso. La niña abrió su boquita y disfrutó de la fresa, color de fresa, como a ella le gustaba. Recorrieron juntos el huerto y mientras Frankenstein recogía fresas, cerezas, ciruelas, albaricoques, peritas de sanjuán, la niña las iba engullendo de un solo bocado; tan sólo abría la boca y las devoraba, una tras otra, sin aparente fatiga ni hartazgo. Frankenstein la miraba divertido, ignorante de lo difícil que era ir junto a una niña capaz de tragar de aquella manera pero satisfecho por la sensación que tenía de que había hecho bien alejándose del lago. La recolecta prosiguió del mismo modo que la ingestión masiva de frutas cada vez más grandes, por aquella niñita tan mona, tan pequeña y tan tragona. Por fin Frankenstein llegó a un campo de sandías. Miró aquellos grandes balones de interior carnoso, comparó lo que veía en el campo con el tamaño de la boca de su amiguita y sonrió. Recogió la más grande, la más pesada y la llevó hasta la niña. Apoyó la sandía en la boca de ella de modo que casi ni se la veía, y cuando creía que la pequeña sería aplastada por la fruta, sintió cómo algo cedía, vio cómo la madíbula de la niña se desencajaba, comenzaba a dilatarse hasta que la sandía comenzó a atravesar su boca, a recorrer su cuerpecito por dentro, por las entrañas, hasta que se instaló en el vientre hinchándolo y pesándole tanto que la niña quedó sentada, de culo, bamboleándose como un tentetieso.
13 septiembre 2009
Empatía
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Jesus Esnaola
Siendo domingo y a estas horas pensé que no querríais leer nada. Por eso no he escrito más. De nada.
07 septiembre 2009
Víctor
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Jesus Esnaola
Durante el verano que nos llevó de quinto a sexto de básica Víctor se transformó. No sólo se convirtió en el único niño del curso cuyos padres estaban separados sino que pasó de ser un relamido, remilgado y gafotas empollón, a una especie de John Rambo, sin ametralladora pero con todos y cada uno de los músculos de aquel. Sustituyó las gafas por unas lentillas, el chándal azul marino con rayas blancas en los laterales, por camisetas y vaqueros tan negros como ceñidos, y los libros por una desmesurada afición a dibujar ojos voladores allá donde conseguía que su boli marcara con regularidad. El asombro por un cambio tan radical no nos dejaba reírnos de Víctor como habíamos hecho hasta entonces . En todo caso un día, durante el recreo y tras haberlo anunciado con carteles por todo el cole, Víctor se plantó en el patio y se quedó boca abajo, en equilibrio, haciendo el pino. Y así comenzó a andar por la línea lateral del campo de fútbol, sobre sus manos, un paso tras otro. Algunos rieron, otros sonrieron y unos pocos jalearon el intento. Víctor intentaba recorrer de esa manera el perímetro completo del campo de fútbol, tal y como había anunciado en su propaganda. Debió de lograrlo porque no recuerdo muchas risas con Víctor como objeto desde aquel recreo.
04 septiembre 2009
Teide
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Jesus Esnaola

Si recorres la red buscando literatura reciente, sobre todo española y, sobre todo, referida al cuento, seguro que conoces a Sergi Bellver. Sergi es un loco por la literatura que, además de escribir y enseñar a escribir, en la Escuela de Escritores por ejemplo, tiene una enorme ilusión por hacer cosas nuevas e iniciativa, y valor, suficientes para embarcarse en un nuevo proyecto que él ha denominado Teide ( Taller-Estudio Itinerante de Escritura) que pretende llevar la literatura a cada rincón de, ésta, nuestra piel de toro. Desde luego deseo que Sergi tenga el pelín ese de suerte que siempre viene bien cuando te metes en un follón de esas dimensiones, tengo la certeza de que trabajo y del bueno no va a faltar, y desde aquí te invito a que pinches en el título del artículo y eches un vistazo a su web en la que te explicará el proyecto y sus primeras convocatorias con todo detalle.
03 septiembre 2009
Puntería
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Jesus Esnaola
"Mira que nunca paso por aquí, ni me escapo del trabajo en horario laboral pero tenía que venir a recoger el último Larsson en esa librería que no he pisado en mi vida y todo, precisamente hoy que había soñado contigo". Todos hemos dicho algo parecido tras encontrarnos con un viejo amigo de la infancia al que hacía años que no veíamos. Y, al menos durante unos minutos, nos hemos quedado convencidos de que alguien mueve los hilos por detrás porque no es posible tanta coincidencia.
Esto os lo cuento por que he leído que ayer, en Viladecans, una mujer se arrojó desde el octavo piso con toda la idea de matarse y cayó encima de un ciudadano ucraniano que tuvo la desgracia de pasar por ahí, aplastándolo. Ya sé que, lo más seguro, es una estupidez buscar causalidad donde no hay más que casualidad pero no logro salir de mi asombro.
02 septiembre 2009
Chinitos dormidos
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Jesus Esnaola

Cuando tenemos hambre nos paramos a comer. Si necesitamos ir al baño, buscamos uno y listo, tampoco es cosa de aguantarse, y no pocos sacan el níspero a pasear y riegan cualquier cosa que se encuentren, sin importarles mucho su necesidad de riego. Hoy me he enterado de que en China es habitual, común y completamente normal que una persona que tiene sueño se eche a dormir. En cualquier sitio sin vergüenza ni precaución. Y es que bien pensado vivir con sueño es peor aún que hacerlo con hambre, me refiero a lo que llamamos hambre en el primer mundo claro, y equiparable a tener la vejiga a punto de estallar mientras recorres bares con el cartel de WC averiado disculpen las molestias. El caso es que los chinos se echan a dormir allá donde el sueño se lo pide y si quieres comprobarlo, pincha en el título del artículo y mira tú mismo.
31 agosto 2009
Una de colmos
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Jesus Esnaola
El colmo de la soledad es enviarse un email a uno mismo y recibirlo como correo no deseado.
13 julio 2009
Galilea
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Jesus Esnaola
Pese a que en general han sido unos días bastante satisfactorios, he de decir que ser Jesús en Galilea es mucho más duro de lo que nunca pensé. He pasado todas las vacaciones multiplicando panes, amén de peces, y realizando todo tipo de milagros que, de verdad, no debería alternar con mis días de descanso. Enfín, he devuelto la luz a los ciegos, el sonido a los sordos y la palabra a los mudos, apañé a un par de cojos para que anduvieran con soltura e incluso el viernes estuve a punto de realizar una rápida resurrección, que por no fastidiarles el entierro a los del pueblo que tan bien les estaba quedando y porque creí que tal vez sea cierto que la naturaleza es sabia y que si había decidido que al viejo Damián le había llegado su hora a los ochenta y ocho años por algo sería.
El sábado, sin embargo, la casualidad quiso que escuchara una conversación entre la alcaldesa y la oposición, el otro concejal, expresando su coincidencia en la voluntad de redondear el programa de fiestas del mes de agosto con una espectacular crucifixión, que si bien no pude enterarme de en quién habían pensado para tan apreciado papel, dadas mis últimas intervenciones en el pueblo y el sospechoso silencio con que fue recibida mi llegada al bar del Santi decidí que, por si habían considerado hacerle a uno el honor, estaría bastante más seguro en Donosti. Además si hay que hacer un esfuerzo y milagrear un poco, pues vale, aunque sea durante mis vacaciones, pero las pasiones y los martirios nunca se me han dado bien que por algo uno es de naturaleza quejica y tirando a miedoso. Así que, no sin antes dejar una prolija e instructiva epístola para que el párroco lea durante la próxima misa explicando al pueblo de Galilea que a mí se me dan bien los milagros y demás intervenciones divinas mientras que mi cuñado Jesús, más dotado para el drama, se encargaría de sufrir una pasión más que digna a nada que se lo pidieran con educación, decidí coger el autobús de las diez de la mañana del lunes. Por si acaso.
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