Sobre la cruz de la tumba de Humberto Blasco se posa un pájaro negro, más grande de lo que deben ser los pájaros para no ser temibles.
Rodean la lápida el abogado que no pudo defender la inocencia de Humberto, el fiscal que lo acusó con inteligencia, los nueve ciudadanos justos que tras escuchar a las partes dictaron el fallo de culpabilidad y el juez que lo condenó a muerte. Todos ellos, junto con el redactor jefe de “El Planeta”, fueron protagonistas de un espectáculo perverso, carroña para los cuervos. Por eso, cada aniversario de la ejecución de Humberto, obligados a repetirlo una y otra vez, se reúnen alrededor de su tumba y tratan de darle un juicio justo donde las intuiciones y las sospechas no derroten lo irrefutable.
Todo es en vano. Se retiran hundidos, como una procesión que aguantara sobre sus hombros un peso insoportable.
Rodean la lápida el abogado que no pudo defender la inocencia de Humberto, el fiscal que lo acusó con inteligencia, los nueve ciudadanos justos que tras escuchar a las partes dictaron el fallo de culpabilidad y el juez que lo condenó a muerte. Todos ellos, junto con el redactor jefe de “El Planeta”, fueron protagonistas de un espectáculo perverso, carroña para los cuervos. Por eso, cada aniversario de la ejecución de Humberto, obligados a repetirlo una y otra vez, se reúnen alrededor de su tumba y tratan de darle un juicio justo donde las intuiciones y las sospechas no derroten lo irrefutable.
Todo es en vano. Se retiran hundidos, como una procesión que aguantara sobre sus hombros un peso insoportable.

