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04 agosto 2011

"Desconfianza ciega" de Ginés S. Cutillas

Somos un modesto equipo de fútbol que entrenamos por las noches. Tan modestos somos que llevamos varios meses con una mitad del campo completamente a oscuras.
En más de una ocasión hemos sido testigos de cómo arreglan los focos, pero siempre surge alguna nueva avería que devuelve ese trozo de terreno indefectiblemente a las sombras.
No tuvimos más remedio que acostumbrarnos a entrenar en la parte iluminada.
El problema surge cuando las pelotas extraviadas acaban en el lado oscuro y algunos jugadores van a buscarlas rebasando la frontera que traza la luz. Nunca más volvemos a saber de ellos: simplemente desaparecen, como si la negrura se los tragara.
Perdimos de esta manera a casi todos los suplentes -los más fáciles de embaucar-, así que obligamos al club a comprar más balones para que, al menos, pudiéramos acabar los entrenamientos y convencimos al utillero de que cada mañana recogiera los que habían pasado la línea y los trajera de vuelta.
Una noche nos quedamos pronto sin balones. Conscientes de que no había más ingenuos entre nosotros, decidimos dar por finalizado el ejercicio y comenzamos a retirarnos cabizbajos de la cancha, pero entonces ocurrió lo inesperado: alguien nos lanzó la pelota desde el otro lado. Perplejos, uno de nosotros la pateó devolviéndola a la oscuridad. A los pocos segundos estaba de vuelta.
No tardamos en organizar los partidos de entrenamiento con nuestros compañeros desaparecidos. Les lanzamos petos azules y rojos para que se los repartieran, igual que hicimos nosotros a este lado, y montamos dos equipos.
Desde aquí, nos limitamos a pasar el balón a la otra parte donde sabemos que ellos siguen con nuestras jugadas y esperamos, agudizando el oído, a que vuelva a aparecer para seguir nosotros con las suyas.
Cuando oímos que gritan gol, los defensas de aquí lo celebran levantándose la camiseta y haciendo el avión. Estamos convencidos de que allí los delanteros hacen lo mismo.
A veces, con la embriaguez del tanto, nos dan ganas de cruzar el límite para celebrarlo juntos, pero no nos fiamos: ¿por qué no lo hacen ellos?


*En "Un koala en el armario", editorial Cuadernos del Vigía.

02 agosto 2011

"Hablaba y hablaba..." de Max Aub

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

*De su libro "Crímenes ejemplares".

12 noviembre 2010

Recomendación (Material de Lectura)

El escritor Eduardo Berti publica en su blog la dirección de "Material de Lectura", una revista monográfica editada por la Universidad Autónoma de México y dedicada a cuentistas, que va por el número 82, creo, y cuyos números están disponibles para descargar en PDF. Es un verdadero regalo para todos los que amamos el cuento. He subido el enlace a Facebook, pero a la mayoría de vosotros no os tengo por ahí y lamentaría enormemente que os lo perdiérais sólo por no estar en FB, así que... ahí va. 
Y de regalo un cuento de Dino Buzzati, incluído en su número, el 14.
Sólo, pinchad en el título del post.



LOS SIETE MENSAJEROS



Habiendo salido a explorar el reino de mi padre, día a día voy alejándome de la ciudad, y las noticias que me llegan son cada vez más escasas.

Inicié el viaje poco después de cumplir los treinta años de edad, y más de ocho años han transcurrido, exactamente ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpido camino. Creía, al partir, que en pocas semanas llegaría fácilmente a los confines del reino; en cambio, he seguido hallando nuevas gentes y pueblos; por todas partes hombres que hablaban mi propia lengua, que decían ser mis súbditos.

Pienso a veces que la brújula de mi geógrafo ha enloquecido y que pensando avanzar siempre hacia el meridión, en realidad hemos andado dando vueltas alrededor de nosotros mismos, sin aumentar jamás la distancia que nos separa de la capital; esto podría explicar el motivo por el cual no hemos llegado aún a la última frontera.

Pero más a menudo me atormenta la duda de que no exista dicha frontera, de que el reino se extienda ilimitadamente y de que, por más que avance, nunca llegaré a ella. Emprendí el viaje cuando yo tenía más de treinta años; acaso demasiado tarde. Los amigos y mis propios familiares se burlaban de mi proyecto, considerándolo como un inútil dispendio de los mejores años de la vida. En realidad, pocos de mis felices allegados estuvieron de acuerdo en que partiera.

Aunque despreocupado —¡mucho más que ahora!—, me preocupé por mantenerme comunicado, durante el viaje, con mis seres queridos y, entre los caballeros de la escolta, elegí a los siete mejores, para que me sirvieran de mensajeros.

En mi inconsciencia, creía que tener siete de ellos era una exageración. Con el pasar del tiempo me di cuenta de que era todo lo contrario, de que eran ridículamente pocos; y eso que ninguno de ellos ha caído enfermo, ni se ha encontrado con salteadores, ni ha perdido la cabalgadura. Los siete me han servido con una tenacidad y una devoción que difícilmente podré recompensar.

Para distinguirlos fácilmente, los nombré con iniciales alfabéticamente progresivas: Alessandro, Bartolomeo, Caio, Domenico, Ettore, Federico, Gregorio.

No estando acostumbrado a estar lejos de mi casa, mandé al primero, a Alessandro, desde la noche del segundo día de viaje, cuando habíamos recorrido unas ochenta leguas. La noche siguiente, para asegurarme de la continuidad de las comunicaciones, envié al segundo, luego al tercero, después al cuarto, y así sucesivamente, hasta la octava noche de viaje, en la que partió Gregorio. El primero no había regresado aún.

Nos alcanzó la décima noche, mientras estábamos disponiendo el campamento en un valle deshabitado. El retorno de Alessandro me indicó que su rapidez había sido inferior a lo previsto. Yo había pensado que, yendo aisladamente, montando un óptimo caballo, él podría recorrer, en el mismo tiempo, una distancia doble de la nuestra; en cambio, él había recorrido solamente una distancia y media. Mientras nosotros avanzábamos cuarenta leguas, él devoraba sesenta, pero no más.

Lo mismo ocurrió con los otros. Bartolomeo, que partió hacia la ciudad en la tercera noche de viaje, nos alcanzó en la decimoquinta; Caio, que partió en la cuarta, regresó en la vigésima. Pronto pude constatar que bastaba con multiplicar por cinco los días empleados para saber cuándo habría de regresar el mensajero.

Alejándonos cada vez más de la capital, el itinerario de los meses se hacía siempre más largo. Después de cincuenta días de camino, el intervalo entre uno y otro retorno de los mensajeros empezó a espaciarse sensiblemente. Mientras que en un principio veía llegar al campamento a uno de ellos cada cinco días, este intervalo se volvió de veinticinco; de tal manera que la voz de mi ciudad me llegaba cada vez más débil. Pasaban semanas enteras sin que yo recibiera ninguna noticia.

Al cabo de seis meses —después de cruzar los montes Fasani—, el intervalo entre una y otra llegada de los mensajeros aumentó nada menos que a cuatro meses. Ellos me daban ya noticias lejanas; los sobres me llegaban ajados, a veces con manchas de humedad, por tantas noches que había pasado a la intemperie quien me los llevaba.

Seguimos avanzando. En vano intentaba persuadirme de que las nubes que pasaban sobre nosotros eran iguales a las de mi infancia; que el cielo de mi ciudad lejana no era distinto a la cúpula azul que alzaba sobre nuestras cabezas; que el aire era el mismo, igual el soplo del viento, idénticas las voces de los pájaros. Las nubes, el cielo, el aire, los vientos y los pájaros me parecían cosas realmente nuevas y diferentes. Y yo me sentía extranjero.
¡Adelante, adelante! Vagabundos que encontré en las llanuras me decían que las fronteras no estaban lejos. Yo incitaba a mis hombres a no detenerse, apagaba los acentos desalentadores que nacían en sus labios. Habían pasado ya cuatro años de mi partida; una larga fatiga. La capital, mi casa, mi padre, eran algo extrañamente remoto, casi no creía en ellos. Veinte meses de silencio y de soledad se prolongaban ahora entre las sucesivas apariciones de los mensajeros. Me llevaban curiosas cartas apergaminadas por el tiempo, y en ellas encontraba nombres olvidados, modismos que nunca había oído, sentimientos que no lograba entender. A la mañana siguiente, tras una sola noche de descanso, mientras nos poníamos otra vez en camino, el mensajero partía en dirección opuesta, llevándose a la ciudad las cartas que yo tenía listas desde hacía mucho tiempo.

Han transcurrido ocho años y medio. Esta noche estaba cenando solo en mi tienda cuando entró Domenico, sonriente, a pesar de estar muerto de cansancio. Hacía casi siete años que no lo veía. Durante todo este larguísimo periodo no ha hecho otra cosa que correr a través de praderas, bosques y desiertos, cambiando quién sabe cuántas veces de cabalgadura, para traerme ese paquete de sobres que aún no tengo ganas de abrir. Ya se fue a dormir y saldrá nuevamente mañana al despuntar el alba.

Partirá por última vez. En la bitácora he calculado que, si todo sale bien, prosiguiendo mi camino como lo he hecho hasta ahora, y él el suyo, no podré volver a encontrarme con Domenico sino hasta después de que hayan pasado treinta y cuatro años. Para entonces tendré setenta y dos. Pero empiezo a sentirme fatigado y es probable que la muerte me atrapará antes. Así, pues, no volveré a verlo.

Dentro de treinta y cuatro años (más bien antes, mucho antes), Domenico verá las fogatas de mi campamento, inesperadamente, y se preguntará cómo es que yo, mientras tanto, haya recorrido tan poco camino. Como esta noche, el buen mensajero entrará en mi tienda con las cartas ya amarillentas por los años, llenas de absurdas noticias de un tiempo ya sepultado; pero se detendrá en el umbral, viéndome inmóvil, tendido sobre el lecho, con dos soldados a mis flancos, sosteniendo las antorchas, muerto.

Sin embargo, Domenico volverá a partir, ¡y no me digan que soy cruel! Portará mi última despedida a la ciudad que me vio nacer. Eres el vínculo sobreviviente con un mundo que hace tiempo también fue mío. Por los recientes mensajes he sabido que muchas cosas han cambiado, que mi padre murió, que la Corona pasó a mi hermano mayor, que me consideran perdido, que han construido altos palacios de piedra donde estaban las encinas bajo las cuales yo solía ir a jugar. No obstante, sigue siendo mi vieja patria. Tú eres el último vínculo con ellos, Domenico. El quinto mensajero, Ettore, que me alcanzará, si Dios lo quiere, dentro de un año y ocho meses, no podrá volver a partir, porque no tendría tiempo de regresar. Después de ti el silencio, oh Domenico, a menos de que al fin encuentre las anheladas fronteras. Pero mientras más avanzo, más me convenzo de que no existe frontera.

No existe, sospecho, frontera, al menos en el sentido que estamos habituados a entenderla. No hay murallas de separación, valles divisorios ni montañas que cierren el paso. Probablemente voy a cruzar el límite sin darme cuenta, y proseguiré adelante, ignorándolo.

Por eso deseo que Ettore y los demás mensajeros que le sigan, cuando me hayan alcanzado de nuevo, no tomen otra vez el camino de la capital, sino que vayan adelante a precederme, con el fin de que pueda saber lo que me espera.

Desde hace algún tiempo, un ansia me consume por las noches, y no porque eche de menos gozos pretéritos, como me ocurría cuando inicié el viaje, sino más bien la impaciencia por conocer las tierras desconocidas a las que me dirijo.

Voy notando —y no se lo he confesado a nadie—, voy notando cómo día tras día, conforme avanzo hacia la meta improbable, la irradiación de una luz insólita en el cielo, que nunca antes había visto, ni siquiera en sueños; y cómo las plantas, los montes y los ríos que atravesamos parecen hechos de una esencia distinta a la de los nuestros y el aire está cargado de presagios que no puedo explicar.

Una nueva esperanza me empujará mañana aún más adelante, hacia esas montañas inexplorables que las sombras de la noche están ocultando. Una vez más levantaré mi campamento, mientras Domenico desaparezca en el horizonte, por la parte opuesta, para llevar a la lejanísima ciudad mi mensaje inútil.

04 mayo 2010

Recomendación

A todos los que tenéis el valor de pasaros por aquí os recomiendo que pinchéis en el título de la entrada y leais el post del día 3 de mayo del blog "La Nave de los Locos", donde, cortesía de Fernando Valls, encontraréis dos magníficos microrrelatos de Hugo García Saritzu, un estupendo escritor cuyo blog, "Vell Talp" , no os deberíais perder.

24 noviembre 2009

IX Premio Diomedea de Relato Mínimo

El relato "El Niño y la Guerra", justo en el post anterior, ha resultado finalista del IX Diomedea. Para quienes no lo sepáis ésta es una iniciativa desinteresada de Sergi Bellver en su bitácora. Si os gusta la literatura en general y el cuento en particular no dejéis de visitarla. Os lo pongo fácil: tan sólo pinchad en el título de la entrada. Veréis como me lo agradecéis

04 septiembre 2009

Teide


Si recorres la red buscando literatura reciente, sobre todo española y, sobre todo, referida al cuento, seguro que conoces a Sergi Bellver. Sergi es un loco por la literatura que, además de escribir y enseñar a escribir, en la Escuela de Escritores por ejemplo, tiene una enorme ilusión por hacer cosas nuevas e iniciativa, y valor, suficientes para embarcarse en un nuevo proyecto que él ha denominado Teide ( Taller-Estudio Itinerante de Escritura) que pretende llevar la literatura a cada rincón de, ésta, nuestra piel de toro. Desde luego deseo que Sergi tenga el pelín ese de suerte que siempre viene bien cuando te metes en un follón de esas dimensiones, tengo la certeza de que trabajo y del bueno no va a faltar, y desde aquí te invito a que pinches en el título del artículo y eches un vistazo a su web en la que te explicará el proyecto y sus primeras convocatorias con todo detalle.

27 mayo 2009

Papeles inesperados

Como si nuestro amigo Julio se hubiera guardado un as en la manga todos estos años. Este mismo 2009 hemos conmemorado el 25 aniversario de su muerte y nos encontramos con que centenares de papeles guardados en una vieja cómoda se han convertido en un libro póstumo, casi se diría que de autohomenaje, gracias al excelente y apasionado trabajo de Carles Alvarez Garriga, experto donde los haya en la obra de Cortázar, y de la viuda de Cortázar, Aurora Bernárdez. Enfín que en un volumen de unas 450 páginas, quien no tenga suficiente con todo lo que nos dejó escrito Julio, se encontrará con once relatos inéditos, tres historias de cronopios perdidas, trece poemas, un capítulo inédito de "Libro de Manuel", artículos de temática variada, once episodios protagonizados por Lucas y un largo repertorio de cartas, pequeños ensayos e inclasificables. No bromeo, no. Lo edita Alfaguara y ya lo tienes en las librerías. La verdad, no entiendo qué haces ahí sentado todavía. Ve a por él.

26 mayo 2009

Perturbaciones

La editorial Salto de Página acaba de publicar la antología de relato fantástico español actual "Perturbaciones". El prólogo y la selección corren a cargo de Juan Jacinto Muñoz Rengel y es una verdadera guía de escritores jóvenes y no tanto, en muchos casos casi desconocidos, que merecen mucho la pena. Un libro magnífico que te hará pasar muy buenos momentos y seguro que te dará más de un nombre al que, a partir de ahora, querrás seguir. No te lo pierdas.

23 abril 2009

¿Rutina?


Rutina. Salgo a la hora de siempre de casa y entro en la estación de Torrassa. Llego al andén y me sitúo justo en la línea de separación que hay entre las baldosas que quedan entre los dos primeros bancos de la derecha. Esto casi me garantiza ser el primero en entrar en el vagón y, por lo tanto, sentarme. Saco de mi mochila "El fantasma de Canterville". Estoy listo.
El convoy entra en la estación. Según lo previsto, me siento y, como otros pasajeros, comienzo a leer. Es muy temprano y casi me duermo. Lucho contra el sopor pero al final me vence el sueño y cierro los ojos unos segundos. Los vuelvo a abrir, agitado, temiendo haberme saltado mi parada de destino. Pero no. Estoy en Plaza de España. Aún falta mucho. Pero algo me llama la atención. El hombre que va sentado justo en frente de mí viste un trasnochado traje negro con chaleco, tiene el cabello negro, ensortijado, y un pequeño y cuidado bigote. "Demonios", pienso, "este tío es clavado a Poe". Bajo la vista hacia mi libro pero no puedo evitar volver a mirarlo y, entonces, me doy cuenta de que el hombre que está a su lado, un tipo magnífico, con barba y mirada intensa es clavadito a Cortázar. Juguetea con un cigarrillo apagado, preparado para encenderlo en cuanto se asome a la salida del metro. Estoy perplejo y comienzo a fijarme en el resto del vagón. Se abre la puerta para que entren los pasajeros que aguardan en la parada de Universitat y, justo con los pitidos que anuncian el cierre de puertas, se asoma un bastón blanco, tanteando el suelo. Voy a levantarme para cederle el sitio pero algo me hace quedar a medio impulso y sentarme de nuevo; el hombre que sigue al bastón es igual que Borges. Si no fuera por el asiento habría caído de espaldas al suelo. Y no es sólo Borges. Están todos. Las decenas de escritores y escritoras que me han acompañado durante tantos años entran y salen de mi convoy como si fueran trabajadores que acudieran a sus empresas, ojerosos, somnolientos, algunos ojeando libros que en sus respectivas épocas nunca habrían podido leer porque, entonces, sus autores ni siquiera habían nacido. Dickens lee por encima a Ruiz Zafón y se pavonea por las continuas referencias que éste hace de él. Poe lleva una novela de Stephen King y lo veo reírse, orgulloso como siempre, de que lo consideren su sucesor. Sentado en el suelo, Bukowski bebe de una botella envuelta con la sección de economía de El Periódico mientras, Cortázar, garabatea en un trozo de papel las “Instrucciones para beber de una botella sin derramar gota”. Charles Baudelaire recita, admirado, poemas de Gil de Biedma y Manolo se desdobla en Carvalho para descubrir con Terenci quién diablos acabó con Tutankhamon.
No puedo evitar buscar a Oscar Wilde. Al fin y al cabo, suyo es el libro que tengo entre mis manos. Pero no lo veo.
El convoy entra en la estación de Sagrera y comienzo a prepararme para bajar. Con naturalidad. Extrañamente natural.
Me levanto, guardo “El fantasma de Canterville” en la mochila y la cargo en mi espalda. Me quedo de pie, esperando que el metro se detenga y veo mi reflejo en el cristal de la puerta. Tengo un aspecto horrible. Me enderezo la pajarita y en mi cerebro comienza a formarse una idea. Un espejo, o un cuadro, sí, mejor un cuadro, que absorbiera los defectos de uno. La pintura se iría deteriorando mientras la persona retratada seguiría siempre igual. Creo que al protagonista lo llamaré Dorian, sí, Dorian Gray.

09 abril 2009

Al otro lado del espejo

Tras un largo período de ausencia, aquí estoy para comunicaros dos breves noticias. Por un lado la aparición de una nueva revista digital dedicada al cuento que se llama "Al otro lado del espejo". Picad en el título del artículo para dirigiros a la página de la revista. Aún no he podido mirarla con atención pero merece, como poco, mi apoyo inicial. La segunda noticia, y sé que está feo que lo haga yo, es que el relato "La mesilla" que se encuentra unos artículos atrás, y con el que gané el concurso semanal de "Relatos en cadena" el diecisiete de marzo, también ha sido declarado ganador del mes. Queda poco humilde pero para una vez que gano algo me apetece que lo sepáis. Enfin, nos seguimos leyendo.

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