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12 octubre 2011

Narrativas 23

El número 23 de la revista digital Narrativas, que corresponde a los meses octubre-diciembre de 2011, ya está disponible en la red. Como siempre, llena de contenidos interesantes tanto en lo que se refiere a estudios literarios, como crítica y creación. Es imposible no acordarse y dar las gracias a Carlos Manzano y a todo el equipo de Narrativas por darnos este espacio a escritores noveles que no tendríamos difusión más que en nuestros blogs.
La imagen os llevará al enlace para poder descargar la revista, tanto en PDF como ePub.


Os dejo con el índice de contenidos.

● Ensayo
La fábula del buen escritor y del escritor bueno. Monterroso por sí mismo, por Julieta Yelin
El género gótico en Gustavo Adolfo Bécquer, por Enrique García Díaz
La bibliografía en la investigación literaria, por Chus Sanesteban Iglesias
Jorge Luis Borges o la consolación por su partida, por Jonatan Frías
Las series de televisión y la literatura: modelos narrativos, por Pablo Lorente Muñoz
Representaciones crítico-literarias de la memoria cinematográfica mexicana, por Demetrio Anzaldo

● Relato
Tristán, por Eva Monzón
Jugando a cocinitas, por José Vaccaro Ruiz
Hermandad, por Gilda Manso
Microrrelatos, por Rosana Alonso
Heraldos que la muerte manda, por Jorge Castelli
Soles rotos, por Ana Busquets
Suicidio social, por David Bombai
El baile de los facones, por Daniel Antokoletz
Prosas breves, por Sergio Borao Llop
Ambulancias, por Francisco Díaz
Una pausa en la estación, por Alejandra Darriulat
¿Tiene tarjeta de socio?, por Jorge Decarlini
Cuatro relatos, por Patricia Ramírez
Pensar con la panza llena de gatos, por Jesús Baldovinos Romero
Relatos, por Jesús Esnaola
Un hombre con un ojo entrecerrado y un brazo en cabestrillo, por Roberto Gutiérrez Alcalá
Cien doncellas, por Federico Rodríguez Sluismans
Ronaldo, por Salvador Alario Bataller
Mañana, por Lucía Lorenzo
Historias de otros (testamento literario), por Olivia Vicente Sánchez
Ciencia ficción, por Àlex José
El escritor, por Miguel Sanfeliu
La cita estaba agendada, por Pablo A. Roset
Switch, por Luis Topogenario
Relatos, por Carlos Burgos
Correspondencia nicaragüense (X), por B. Noir
Dos relatos, por Julio César Toledo
¡Sacalo!, por Pablo Giordano
Microrrelatos, por Marina Montero
En 99 palabras, por Miguel Ángel Molina

● Novela
Concesiones al demonio (capítulo), por Óscar Sipán

● Reseñas
“Padres, hijos y primates” de Jon Bilbao, por Patricia Esteban Erlés
“Llueve sobre La Habana” de José Luis Muñoz, por José Vaccaro Ruíz
“Frío de muerte” de Manuel Nonídez, por José Luis Muñoz
“Erich El Zurdo”de Domingo-Luis Hernández, por José Luis Muñoz
“John Fante. Entre la niebla y el polvo” de Juan Arabia, por Luis Benítez
“La chica con pies de cristal” de Ali Shaw, por Mari Carmen Moreno Mozo
“Los enamoramientos” de Javier Marías, por Pablo Lorente Muñoz
“La luz sepultada” de Irene Vallejo, por Luis Borrás
“Al otro lado del espejo. Narrando contracorriente” de VV.AA, por Pablo Lorente Muñoz
“Concesiones al demonio” de Óscar Sipán, por Luis Borrás

● Novedades editoriales

29 diciembre 2009

Seguridad

-Señorita, me cago.

A la azafata aquello le pareció muy sospechoso pese a lo cual y por si acaso, activó el nuevo protocolo de despresurización intestinal y volvió a instruir al pasaje sobre el modo de utilizar las mascarillas de oxígeno.

27 diciembre 2009

De vuelta

En el tren, competición de tecnología; uno con su MacBook internet móvil, otro con su iPhone lleno de up's, el tercero con unas enormes gafas reproductoras de divx. Sonriendo les digo, yo en realidad viajo en tren por romanticismo y desaparezco bajo el cono de luz que emite el gorro de lana que me pongo cuando ya quiero estar en casa.

24 noviembre 2009

IX Premio Diomedea de Relato Mínimo

El relato "El Niño y la Guerra", justo en el post anterior, ha resultado finalista del IX Diomedea. Para quienes no lo sepáis ésta es una iniciativa desinteresada de Sergi Bellver en su bitácora. Si os gusta la literatura en general y el cuento en particular no dejéis de visitarla. Os lo pongo fácil: tan sólo pinchad en el título de la entrada. Veréis como me lo agradecéis

05 octubre 2009

Alternativa


Frankenstein cogió a la niña de la mano. Pasó de largo junto al lago, algo le decía que era mejor evitarlo, y entró con la pequeña en un huerto cercano. Vio un fresal y se agachó para recoger el delicioso fruto, rojo y jugoso. La niña abrió su boquita y disfrutó de la fresa, color de fresa, como a ella le gustaba. Recorrieron juntos el huerto y mientras Frankenstein recogía fresas, cerezas, ciruelas, albaricoques, peritas de sanjuán, la niña las iba engullendo de un solo bocado; tan sólo abría la boca y las devoraba, una tras otra, sin aparente fatiga ni hartazgo. Frankenstein la miraba divertido, ignorante de lo difícil que era ir junto a una niña capaz de tragar de aquella manera pero satisfecho por la sensación que tenía de que había hecho bien alejándose del lago. La recolecta prosiguió del mismo modo que la ingestión masiva de frutas cada vez más grandes, por aquella niñita tan mona, tan pequeña y tan tragona. Por fin Frankenstein llegó a un campo de sandías. Miró aquellos grandes balones de interior carnoso, comparó lo que veía en el campo con el tamaño de la boca de su amiguita y sonrió. Recogió la más grande, la más pesada y la llevó hasta la niña. Apoyó la sandía en la boca de ella de modo que casi ni se la veía, y cuando creía que la pequeña sería aplastada por la fruta, sintió cómo algo cedía, vio cómo la madíbula de la niña se desencajaba, comenzaba a dilatarse hasta que la sandía comenzó a atravesar su boca, a recorrer su cuerpecito por dentro, por las entrañas, hasta que se instaló en el vientre hinchándolo y pesándole tanto que la niña quedó sentada, de culo, bamboleándose como un tentetieso.

07 septiembre 2009

Víctor

Durante el verano que nos llevó de quinto a sexto de básica Víctor se transformó. No sólo se convirtió en el único niño del curso cuyos padres estaban separados sino que pasó de ser un relamido, remilgado y gafotas empollón, a una especie de John Rambo, sin ametralladora pero con todos y cada uno de los músculos de aquel. Sustituyó las gafas por unas lentillas, el chándal azul marino con rayas blancas en los laterales, por camisetas y vaqueros tan negros como ceñidos, y los libros por una desmesurada afición a dibujar ojos voladores allá donde conseguía que su boli marcara con regularidad. El asombro por un cambio tan radical no nos dejaba reírnos de Víctor como habíamos hecho hasta entonces . En todo caso un día, durante el recreo y tras haberlo anunciado con carteles por todo el cole, Víctor se plantó en el patio y se quedó boca abajo, en equilibrio, haciendo el pino. Y así comenzó a andar por la línea lateral del campo de fútbol, sobre sus manos, un paso tras otro. Algunos rieron, otros sonrieron y unos pocos jalearon el intento. Víctor intentaba recorrer de esa manera el perímetro completo del campo de fútbol, tal y como había anunciado en su propaganda. Debió de lograrlo porque no recuerdo muchas risas con Víctor como objeto desde aquel recreo.

18 junio 2009

Apunten, fuego

Desde el bar donde tomábamos café pudimos oír el chirrido de los frenos, vimos al autobús dar bandazos de derecha a izquierda e irse al final contra la gente que esperaba en la marquesina, arrollándolos. El chico que había en la barra junto a mí se levantó de un salto del taburete y, por primera vez, vi que llevaba colgada del cuello una cámara de fotos. Apuntó y disparó sobre el amasijo de hierros en que se había convertido el frontal del autobús, apuntó y disparó sobre los cuerpos desparramados por el suelo, tiñendo el asfalto de negro sangre; apuntó y disparó sobre los gritos de dolor. Sólo después de apuntar y disparar sobre todo lo que creyó conveniente sacó un móvil de su bolsillo, supongo que para llamar a emergencias. No pude soportar más el espectáculo y, tras dejar el importe del café sobre la barra, me fui.

31 mayo 2009

Ausencia


Carles hace girar la silla de ruedas ciento ochenta grados y vuelve a repasar cada una de las dos docenas de piezas que le quedan por colocar. Las coge, las voltea, las mira por todos los ángulos que le ofrecen, como un gemólogo analiza un diamante, y las vuelve a dejar sobre la mesa de la sala. Se diría que sabe perfectamente cuál es el lugar que corresponde a cada una pero está disfrutando del momento, dilatándolo, recreándose tras más de dos meses de trabajo. En el sofá, Nieves sostiene el portátil sobre los muslos y teclea con agilidad de mecanógrafa mientras oye la tele. Ni sabe ni le importa el canal que tiene puesto. Ahora está absorta en el trabajo, en sus tablas y sus cuentas, en sus proyectos. Sólo el tecleo sobre el portátil, el ocasional chirrido de las ruedas de la silla de Carles y el murmullo de la tele rompen un silencio que hace tiempo que ha dejado de ser cómodo, y mucho menos cómplice. Nieves pregunta a Carles si quiere cenar. Nieves come muy poco desde hace un par de meses. Está adelgazando. También Carles ha bajado de peso, claro que en su caso no es exactamente adelgazar lo que ha hecho, aunque también. Nunca ha querido preguntar cuánto pesa una pierna o cuánto deja de pesar un cuerpo sin la pierna derecha. Tres kilos o cuatro, calcula. Preguntarlo le haría sentirse como de compras en una carnicería.
Carles, concentrado en las piezas, alza la mano sin levantar la vista de la mesa para pedir a Nieves que espere un poco pero ésta no advierte el gesto y sigue hablando sola y le dice que a ella le da igual, que en realidad no tiene hambre y no va a cenar, que lo decía para que él se preparara lo que quisiera sin esperarla. Carles sacude la cabeza, afirmando. Coge una pieza con tres salientes y un entrante y la acerca lentamente a uno de los huecos que quedan en este tetris horizontal. Entra dócil, con suavidad. Desde que perdió la pierna nada ha encajado en su vida con esa perfección. Más bien todo se ha desencajado y ha quedado como un edificio de oficinas tras un terremoto. Devastado, desordenado, víctima de un caos a veces imperceptible desde el exterior.
Encima de la mesa sólo quedan ocho piezas sin colocar. Nieves apaga el ordenador y se queda mirando la tele, con el portátil cerrado en su regazo. Se frota el nacimiento de la nariz con los dedos pulgar e índice de la mano derecha y no llega a abrir la boca porque Carles se le adelanta y le dice que vaya a acostarse si quiere, que él irá enseguida, mientras mueve las piezas que le quedan por encajar en el puzzle como si fueran los cubiletes de un trilero. Nieves se acerca a la mesa y ve que el puzzle está prácticamente terminado. Le dice que pensaba que no sería capaz de acabarlo. Carles le contesta que él también, mientras encaja una nueva pieza delante de ella, una pieza blanca por completo, del mismo color que todas y cada una de las diez mil que completan el puzzle. Nieves besa la frente de Carles desde arriba, detrás de él, agarrada a las asas de la silla y, después, se dirige hacia la puerta de la sala. Carles lleva la mano derecha al lugar donde su mente recuerda haber tenido una pierna y toca el asiento de cuero. Le dice a Nieves que si mañana tiene tiempo de pasarse por la tienda le compre otro puzzle. Nieves le pregunta cómo lo quiere, le pregunta si ha pensado en algo especial esta vez. Carles, mientras juguetea con una pieza entre los dedos, una pieza blanca, inmaculada, le contesta que lo quiere igual que éste último. Nieves se lleva el dedo índice de la mano derecha a la boca y se lo mordisquea.
—Pero en negro —añade Carles, sin levantar la vista de la mesa, mientras Nieves sale de la sala y desaparece en su habitación.

23 abril 2009

¿Rutina?


Rutina. Salgo a la hora de siempre de casa y entro en la estación de Torrassa. Llego al andén y me sitúo justo en la línea de separación que hay entre las baldosas que quedan entre los dos primeros bancos de la derecha. Esto casi me garantiza ser el primero en entrar en el vagón y, por lo tanto, sentarme. Saco de mi mochila "El fantasma de Canterville". Estoy listo.
El convoy entra en la estación. Según lo previsto, me siento y, como otros pasajeros, comienzo a leer. Es muy temprano y casi me duermo. Lucho contra el sopor pero al final me vence el sueño y cierro los ojos unos segundos. Los vuelvo a abrir, agitado, temiendo haberme saltado mi parada de destino. Pero no. Estoy en Plaza de España. Aún falta mucho. Pero algo me llama la atención. El hombre que va sentado justo en frente de mí viste un trasnochado traje negro con chaleco, tiene el cabello negro, ensortijado, y un pequeño y cuidado bigote. "Demonios", pienso, "este tío es clavado a Poe". Bajo la vista hacia mi libro pero no puedo evitar volver a mirarlo y, entonces, me doy cuenta de que el hombre que está a su lado, un tipo magnífico, con barba y mirada intensa es clavadito a Cortázar. Juguetea con un cigarrillo apagado, preparado para encenderlo en cuanto se asome a la salida del metro. Estoy perplejo y comienzo a fijarme en el resto del vagón. Se abre la puerta para que entren los pasajeros que aguardan en la parada de Universitat y, justo con los pitidos que anuncian el cierre de puertas, se asoma un bastón blanco, tanteando el suelo. Voy a levantarme para cederle el sitio pero algo me hace quedar a medio impulso y sentarme de nuevo; el hombre que sigue al bastón es igual que Borges. Si no fuera por el asiento habría caído de espaldas al suelo. Y no es sólo Borges. Están todos. Las decenas de escritores y escritoras que me han acompañado durante tantos años entran y salen de mi convoy como si fueran trabajadores que acudieran a sus empresas, ojerosos, somnolientos, algunos ojeando libros que en sus respectivas épocas nunca habrían podido leer porque, entonces, sus autores ni siquiera habían nacido. Dickens lee por encima a Ruiz Zafón y se pavonea por las continuas referencias que éste hace de él. Poe lleva una novela de Stephen King y lo veo reírse, orgulloso como siempre, de que lo consideren su sucesor. Sentado en el suelo, Bukowski bebe de una botella envuelta con la sección de economía de El Periódico mientras, Cortázar, garabatea en un trozo de papel las “Instrucciones para beber de una botella sin derramar gota”. Charles Baudelaire recita, admirado, poemas de Gil de Biedma y Manolo se desdobla en Carvalho para descubrir con Terenci quién diablos acabó con Tutankhamon.
No puedo evitar buscar a Oscar Wilde. Al fin y al cabo, suyo es el libro que tengo entre mis manos. Pero no lo veo.
El convoy entra en la estación de Sagrera y comienzo a prepararme para bajar. Con naturalidad. Extrañamente natural.
Me levanto, guardo “El fantasma de Canterville” en la mochila y la cargo en mi espalda. Me quedo de pie, esperando que el metro se detenga y veo mi reflejo en el cristal de la puerta. Tengo un aspecto horrible. Me enderezo la pajarita y en mi cerebro comienza a formarse una idea. Un espejo, o un cuadro, sí, mejor un cuadro, que absorbiera los defectos de uno. La pintura se iría deteriorando mientras la persona retratada seguiría siempre igual. Creo que al protagonista lo llamaré Dorian, sí, Dorian Gray.

09 abril 2009

Al otro lado del espejo

Tras un largo período de ausencia, aquí estoy para comunicaros dos breves noticias. Por un lado la aparición de una nueva revista digital dedicada al cuento que se llama "Al otro lado del espejo". Picad en el título del artículo para dirigiros a la página de la revista. Aún no he podido mirarla con atención pero merece, como poco, mi apoyo inicial. La segunda noticia, y sé que está feo que lo haga yo, es que el relato "La mesilla" que se encuentra unos artículos atrás, y con el que gané el concurso semanal de "Relatos en cadena" el diecisiete de marzo, también ha sido declarado ganador del mes. Queda poco humilde pero para una vez que gano algo me apetece que lo sepáis. Enfin, nos seguimos leyendo.

16 marzo 2009

Aniversarios


Estamos de celebración. El mes pasado se conmemoró el doscientos aniversario del nacimiento de Edgar Allan Poe, y hace unos pocos días el veinticinco de la muerte de Julio Cortázar. Dos autores sin los que sería difícil entender la literatura actual pero, sobre todo, el cuento, género en el que ambos son indiscutibles maestros. Tal vez por eso, pese a que cualquier persona medianamente leída los conoce, no son muchos los que han seguido su obra. La razón es simple; el cuento no consigue sacudirse el sambenito de ser el hermano pequeño de la novela. Incluso no son pocos los que creen que el cuento es la obra de un gandul, incapaz de trabajar lo necesario para llegar a las doscientas páginas que, como mínimo, ha de tener cualquier novela que se precie.
Parece, sin embargo, que los nuevos tiempos, repletos de prisas y estrés, benefician a la rapidez del cuento, y esto, unido a las celebraciones que he citado en el inicio del artículo, haya ayudado al cuento a convertirse en un género respetado y solicitado por los lectores.
No voy a recomendaros los cuentos completos de nadie, ni pretendo que a partir de ahora os leáis todas las antologías que con casi cualquier excusa van inundando el mercado editorial. Tan sólo os invitaré a leer dos cuentos de cada uno de los autores citados. Ambos son excelentes ejemplos de su narrativa y, por descontado, son de mis favoritos. Entre las decenas de relatos de Poe "La caída de la casa Usher" y "Los crímenes de la calle Morgue". Son tan fáciles de conseguir como ir al catálogo de Alianza Bolsillo y comprar el volumen uno de sus cuentos (está editado en dos volúmenes). Si ya Poe es un magnífico escritor, no pocos autores reconocen que la traducción de Cortázar casi lo mejora). En el caso de Cortázar, dada la cantidad de cuentos que tiene publicados y su variedad, es más difícil, si cabe, quedarse sólo con dos pero allá va; leeros "Casa tomada" y "La noche boca arriba". Igual que antes, los tenéis en Alianza Bolsillo. Si os gustan, buscad vosotros mismos porque habréis encontrado un nuevo mundo donde nunca más brevedad, será sinónimo de inferioridad. Os lo garantizo.

Escritura creativa

Si te gusta escribir, escribe. Si conoces gente con tu misma pasión, mejor. Si tienes a mano una escuela o taller de escritura, fantástico. Y si la disciplina no es lo tuyo, tus amigos no leen ni el periódico y no tienes dinero para un taller, te voy a dar una opción. Existe un tipo fantástico llamado Alex Hernández Puertas que, de forma completamente desinteresada ha reunido una serie de herramientas de las que las nuevas tecnologías ponen en nuestras manos, para montarse un taller. Alex creó un podcast, originalmente, en el que va dando lecciones de muy buena calidad, tanto técnica como de contenidos, que en los últimos meses ha complementado con un blog y un foro, cuya finalidad es que todos los seguidores del podcast podamos ponernos en contacto y hablar, reflexionar y debatir sobre nuestra afición. Está fenomenal y, aunque va despacio, poco a poco empieza a crecer y a coger vidilla. Así que ya sabes, pica en el título de este artículo y preséntate. Te esperamos.

19 febrero 2009

Bestiario (El metro)


EL GÜEBÓN
A todos nos ha pasado en alguna ocasión, los que no tengáis metro en vuestra ciudad podréis adaptarlo fácilmente a cualquier otro medio de transporte, que tras varias estaciones de metro de pie, por fin véis un sitio libre. Cuando esto ocurre no se puede dudar; una milésima de segundo puede resultar decisiva. Así que te encuentras sentado antes de ser consciente de haber ordenado moverse a tus piernas (sé que hasta que lo experimentas resulta increíble pero con un poco de práctica consigues hacerlo). Y no tardas ni medio segundo en arrepentirte. La actuación es tan veloz que no puedes atender todas las variables que se te plantean, así que fijarte en la persona junto a la que vas a sentarte es casi imposible. En esta ocasión me he sentado junto al güebón. No quiero ofender. No utilizo esta expresión para referirme a la bestia de hoy con ningún ánimo peyorativo. Pero es que no se me ocurre otro motivo que lo haga tener las piernas tan abiertas cuando está sentado. Las tiene formando un ángulo de entre cien y ciento veinte grados. Al principio tiendes a pensar en que lo hace por fastidiar. Pero no. No es eso. Por fuerza debe de ser por el descomunal tamaño de sus gónadas, de sus testítulos, de sus güebos en definitiva. El güebón es, casi siempre, un hombre de considerable tamaño, aunque no necesariamente, y casi siempre catalán, al menos en la zona metropolitana de Barcelona. Su postura te fuerza a sentarte como lo hacían las mujeres hace años en las motos, obligadas por aquellas faldas de tubo. Digamos que el güebón es nuestra falda de tubo del siglo XXI. Pero cuando comienzas a habituarte al escorzo que te fuerza el güebón entonces va y se cruza de brazos y todo lo que para él se convierte en comodidad a ti se te torna infierno. No entraré en la poco probable pero posible circunstancia de que el güebón lleve consigo un ejemplar de El País que se empeñe en desdoblar en toda su grandiosidad. Porque en ese caso me levanto del asiento y, para no demostrar incomodidad, que para algo uno fue a colegio de curas, me bajo esté donde esté y cojo el siguiente convoy que pase por la estación. Intentaré no volver a coincidir con un güebón al lado.

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