Desde el campanario más alto de la comarca domina los
pueblos dispersos por el valle. De lejos parece una cigüeña pero sin las plumas
blancas que a éstas les otorgan respetabilidad y elegancia. Sólo destaca en su
negrura un gran pico rojo con el que crotora por la noche, tras lo cual se
queda muy tiesa y escucha al valle, lo que el eco le devuelve. Después, como un
oráculo que anticipa el porvenir, cierra los ojos un segundo y alza el vuelo, en
busca del origen del sonido.
Su vuelo es circular, silencioso, sólo la delata el batir de
alas que la ayuda a frenar para posarse. Tal vez si fuera mortal prestaría más
atención a las maniobras de los del pueblo que, cuando la sienten acercarse,
cuando perciben la breve brisa de muerte que trae su aleteo, se encierran en
sus casas y cenan reunidos, abrazan a sus hijos y los consuelan, cada uno
convencido de la inocencia de sus pequeños.
Porque a la mañana siguiente, cuando los niños salen de casa
para ir al colegio, a bañarse al río, o a acompañar a padre y madre a realizar
las tareas del campo, la cigüeña negra los sobrevuela, encuentra al error del
que el eco le habló por la noche y lo pinza con su pico por el pantalón, la
camisa o los pelos si es necesario para llevárselo volando, de vuelta, al lugar
de donde nunca debió salir.
Y el pueblo queda triste unos días, sólo unos días, que
después se pasa todo.
