En el metro, el músico canta.
Pero antes, sólo unos minutos antes, un árabe, ¿iraquí quizá?, se mete el dedo en la nariz con fruición, inicia una prospección que finaliza con el índice manchado de un líquido espeso, negruzco. Echa la cabeza hacia atrás y, de la nariz, comienza a brotarle petróleo como de un surtidor, casi a medio metro de altura.
Automáticamente se forma un perímetro en torno a él, pese a nuestras diferencias de toda índole todos coincidimos en no querer mancharnos. Sólo dos jóvenes de cuerpos grandes y voces rotundas, fácilmente de Wisconsin, parecen saber qué hacer. Y así, taponan las narices del árabe con unas bolitas de papel y lo llevan hacia la puerta cogiéndolo de un brazo cada uno. Bajan en la primera parada y están a punto de caer al tropezar con un músico ambulante que entra corriendo en el vagón, un músico que saluda “un poco de música para ustedes” y comienzan a sonar unos acordes familiares que devuelven la calma al vagón.
¿Qué decía? Ah sí, como os contaba, el músico canta.
♫Guantanamera♫
Pero antes, sólo unos minutos antes, un árabe, ¿iraquí quizá?, se mete el dedo en la nariz con fruición, inicia una prospección que finaliza con el índice manchado de un líquido espeso, negruzco. Echa la cabeza hacia atrás y, de la nariz, comienza a brotarle petróleo como de un surtidor, casi a medio metro de altura.
Automáticamente se forma un perímetro en torno a él, pese a nuestras diferencias de toda índole todos coincidimos en no querer mancharnos. Sólo dos jóvenes de cuerpos grandes y voces rotundas, fácilmente de Wisconsin, parecen saber qué hacer. Y así, taponan las narices del árabe con unas bolitas de papel y lo llevan hacia la puerta cogiéndolo de un brazo cada uno. Bajan en la primera parada y están a punto de caer al tropezar con un músico ambulante que entra corriendo en el vagón, un músico que saluda “un poco de música para ustedes” y comienzan a sonar unos acordes familiares que devuelven la calma al vagón.
¿Qué decía? Ah sí, como os contaba, el músico canta.
♫Guantanamera♫


