Un apuesto joven al que besó en los labios con dulzura se convirtió en rana con un sonido sordo, introvertido, y un poco de humo. Ella se quedó mirándola y la recogió del suelo, con disimulo, temerosa de que alguien, cerca del pajar, se diera cuenta de lo que había ocurrido. Después introdujo la rana en la bolsa que llevaba y se acercó de nuevo al camino que conducía a la fonda, a hacer mariposas con los ojos a otro peregrino. Sólo uno más y tendría suficientes para la docena de ancas de rana que se le habían antojado a su señor.
13 abril 2011
09 abril 2011
Política
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Jesus Esnaola
Lo cierto es que ninguno esperábamos ya que El Regidor del vertedero cumpliera con nada de lo que había prometido durante las revueltas de febrero para aplacar los ánimos de sus súbditos, así que la separación, reciclaje y amontonamiento de los juguetes en cuatro puntos estratégicos vigilados hicieron que la semana blanca transcurriera sin problemas y, sobre todo, que papá y mamá pudieran seguir rebuscando en la basura sin que nada los interrumpiera.
30 marzo 2011
¿Dónde están los enanitos?
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Jesus Esnaola
Bajo las escaleras de dos en dos, me he vuelto a dormir, y me cuelo en el vagón sobre el pitido, por la grieta menguante de las puertas que se cierran. Encuentro un sitio libre, en el metro a las ocho de la mañana; tal vez todo cambie por fin. Al sentarme me desinflo en un largo suspiro y lo oigo de nuevo, un día más, ¡ai hooooo!, ¡ai hooooo! Y al mismo tiempo que el metro inicia la marcha todos cantamos ¡ai hooo!, al unísono, ¡aiho aiho vamos a trabajar!, y como cada mañana me siento incómodo al principio, me siento ridículo, pero sólo al principio porque la alegría nos la vamos pasando, no parecemos alegres y sin embargo nos contagiamos hasta que cantamos con entusiasmo, ¡ai hooo!, convencidos, ¡ai hooo!, mientras el metro avanza hacia las entrañas de la Tierra, ¡vamos a trabajar!, y los túneles, convertidos en galerías de una mina, se inundan de esta música absurda hasta llegar a la profundidad de nuestro destino y detenernos para bajar del convoy en fila, caminamos pico en mano, pala al hombro, otros arrastran carretillas y comenzamos a extraer minerales, piedras preciosas u horrendas, tanto da porque la escasa luz de los farolillos apenas nos permite distinguir nuestros rostros tiznados donde los blancos de los ojos refulgen, igualan las razas diferentes y los cánticos que no cesan, el ¡ai hooo! que se oye con fuerza, rebota por las galerías y nos anima a seguir adelante una hora y otra hasta que el sudor amenaza con sustituir a la carne y convertirnos en fluidos inútiles y entonces cambia la letra, que no la melodía, y nos acompaña de nuevo al vagón del metro que nos espera, ¡ai hooo ai hooo!, para devolvernos a la superficie, ¡a casa a descansar!, y a la vuelta cantamos bajito, en susurros, tan justos vamos de fuerzas. De regreso en la estación, ¡ai hooo ai hooo!, las escaleras mecánicas averiadas, ¡a casa a descansar!, y ahora subimos de una en una que es para lo que quedan fuerzas y llegar a casa destrozado, pero con ese punto de esperanza y entrar, como cada noche, en nuestra habitación de respiraciones profundas y olores espesos para encontrarla dormida, desde hace meses, y rozar sus labios con los míos.
28 marzo 2011
Fallo de los II Premios Revista de Letras
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Jesus Esnaola
El sábado pasado tuvo lugar la entrega de los II Premios Revista de Letras en la librería Bertrand de Barcelona. Fue una ceremonia sencilla y agradable que duró bastante menos de las siete horas con que nos amenazó José A. Muñoz, director de RdL, en la presentación inicial.
No faltó ninguno de los ingredientes de una entrega de premios que se precie, desde la emoción de Luciana, contagiosa, al recibir su premio, hasta las lúcidas reflexiones de Javier Celaya, premio especial de Divulgación, y un generoso pica-pica bien regado con vino y cava para brindar por la edición que se nos iba y dar la bienvenida a la del próximo año, ya confirmada por los organizadores.
Poco que decir me queda más que agradecer a Revista de Letras haberme permitido participar de forma activa en esta fiesta de las letras digitales y dar mi más sincera enhorabuena a los ganadores, en especial a Luciana Salvador, ganadora en la categoría en que yo estaba nominado, con su blog Bosque de luciérnagas que os recomiendo visitar si aún no lo habéis hecho.
Quiero agradecer también su presencia a Pedro Herrero, Carmen, David Figueroa, Antonia, Conrado y Sergi Bellver que se acercó a saludarme con enorme amabilidad. Entre todos hicistéis que la tarde fuera especial.
Y claro, a Ane, que consiguió superar los días previos sin tirarme por la ventana, cosa que, sin duda, merecí en más de una ocasión.
Ahora, si me lo permitís, me retiro a un rincón a llorar un poco, pero sólo un poco.
Y claro, a Ane, que consiguió superar los días previos sin tirarme por la ventana, cosa que, sin duda, merecí en más de una ocasión.
Ahora, si me lo permitís, me retiro a un rincón a llorar un poco, pero sólo un poco.
Pinchad en el título del post, os llevará a los resultados publicados en La Vanguardia digital.
24 marzo 2011
Complementarios
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Jesus Esnaola
A mi mujer no le gusta que le fastidie sus estrategias y yo la amo tanto que me desvivo por darle gusto. Así que salgo a dar un paseo, como me pide, y cuando regreso me encuentro la cena preparada. Le sigo el juego, me siento a la mesa, y ella trae servidas dos cremas de marisco. No está muy buena, pero sonrío. El solomillo a la pimienta sabe raro, pero al menos está poco hecho, como a mí me gusta. Ni menciono la somnolencia que comienzo a sentir cuando alzo la copa para brindar. Lo último que deseo es estropearle la sorpresa.
14 marzo 2011
Insomnio
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Jesus Esnaola
Madrugo. ¿Por qué? Qué más da.
Debo esperar, sin embargo, a que el sol ascienda en el horizonte, necesito las corrientes de aire caliente para poder alzar el vuelo.
Con las alas desplegadas, planeo hasta las montañas del Cáucaso, hasta la plataforma que como un balcón con vistas, asoma en una pared vertical. Y me poso.
Mi torpeza en el suelo lo despierta e inclino la cabeza varias veces, a modo de saludo, como cada mañana. Él, al intentar moverse, hace tintinear la cadena que lo mantiene amarrado a una roca. Me mira con más repugnancia que temor; eso duele. Su piel se muestra blanca, como un lienzo sin estrenar, no queda rastro por ningún lado de lo que ocurrió el día anterior.
Lanzo el primer picotazo. Le arranco un buen pedazo de carne del costado y todo se tiñe de rojo. Él aprieta los labios, los ojos, y sólo un gemido se le escapa. No me importa su dolor. Lo único que me preocupa es devorarle el hígado cada día. Y meto la cabeza en su herida hasta que me lo como entero, picotazo a picotazo, sin dejar nada, sin pasión ni crueldad.
Acabo antes que el día, necesito el sol para poder volar. También él necesita la noche, porque durante el sueño el hígado volverá a crecerle, deshará mi trabajo para que pueda volver a empezarlo al día siguiente. Regreso.
Por la mañana madrugo. ¿Por qué? No deberías hacer preguntas cuya respuesta prefieres ignorar. Madrugo. Qué más da.
08 marzo 2011
Grietas
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Jesus Esnaola
La editorial “Las puertas del hacedor” acaba de publicar “Grietas”, una plaquette que incluye nueve microrrelatos de mi serie sobre viejos. Desde que hablé por primera vez con Norberto Luis Romero sobre la posibilidad de reunir una serie de micros con un tema común, el proyecto me ilusionó mucho y lo he esperado con impaciencia. Por fin es realidad.
Son seis ejemplares numerados y firmados por el editor y el autor. Si sentís curiosidad por las características materiales y de elaboración os remito al blog de la editorial “Las puertas del hacedor”, donde Norberto da explicaciones detalladas sobre cómo realiza sus plaquettes.
Por último, me resulta difícil encontrar palabras para agradecer a Norberto el amor con que ha tratado a mis micros. Con la plaquette en las manos pienso en la creatividad de Norberto, en su destreza y sobre todo en el enorme cariño que ha puesto en todo el proceso. Gracias.
PD. Si tuviérais interés en releer los relatos que forman "Grietas", los enlaces son los siguientes.
Esperanza
Persistencia
Grietas
El viejo-burbuja
Laurita
Futuro
El niño y la guerra
La mesilla
Visita
PD. Si tuviérais interés en releer los relatos que forman "Grietas", los enlaces son los siguientes.
Esperanza
Persistencia
Grietas
El viejo-burbuja
Laurita
Futuro
El niño y la guerra
La mesilla
Visita
24 febrero 2011
Ignorancia
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Jesus Esnaola
Me cruzo con ellos y ni me doy cuenta, incluso me paro y les digo lo hermoso que es el bebé, lo parecido al padre que ha salido. Ella, turbada, él me ofrece su mano flaca, puntiaguda.
Su contacto me transporta a un par de días atrás y los imagino mientras salen de la maternidad con el bebé, sonriendo estúpidamente como padres primerizos; aunque adivino, al trasluz, algunos de los signos de su depravación.
Rodeo su garra, que aún estrecho, con mi mano izquierda y voy un poco más allá, unas pocas horas, y huelo la humedad de los pasillos del sótano de la maternidad, oigo los sonidos que salen de sus bocas hendidas, puedo verlos alargando las manos huesudas en pos del bebé que trae una monja , un bebé que, sujeto por los pies, boca abajo, alzado como se alza un trofeo, llora sabedor de su destino.
Suelto su mano asqueado. La mirada de ella es huidiza. La de él retadora.
16 febrero 2011
II Premios Revista de Letras
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Jesus Esnaola
Hoy me he despertado con una estupenda noticia. “El doctor Frankenstein, supongo” es uno de los cinco nominados en la categoría de Mejor blog nacional de creación literaria en los II Premios Revista de Letras que se fallarán el 26 de marzo en la librería Bertrand de Barcelona. Os dejo los enlaces a los nominados en cada categoría y al que Revista de Letras ha habilitado para que podáis votar. De los blogs con los que comparto el honor de optar al premio y a los que deseo toda la suerte del mundo, bueno quizá un poquito menos, el que mejor conozco es Cuentos de barro de Antonio Báez, un blog excelente que os recomiendo visitar si aún no lo habéis hecho.
Soy feliz.Nominados
Votaciones
15 febrero 2011
Zoom, de Manu Espada
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Jesus Esnaola
Zoom es el tercer libro de Manu Espada, el primero dedicado íntegramente al microrrelato. En él reúne “ciento y pico realidades inventadas”, ciento y pico pequeñas grandes historias, muchas de las cuales vieron la luz por primera vez en su blog “La Espada Oxidada”.
Un libro de microrrelatos de un mismo autor, las antologías abundan en el mercado editorial, es un riesgo. El riesgo es la sobredosis, el hartazgo, la percusión constante sobre temas recurrentes, con estrategias similares, la escritura con plantilla en definitiva. Hace unos días leía una frase de Jacques Sternberg en la que reivindicaba la dificultad de escribir un libro de relatos breves o muy breves ya que para hacerlo son necesarias tantas ideas como relatos. Y ahí es donde radica el principal mérito de Manu Espada: su portentosa capacidad de fabulación, su imaginación desquiciada capaz de traer a la vida, a las páginas de un libro, las historias más originales, tiernas, duras, divertidas.
El fantástico en Zoom no es un fin en sí mismo, es una herramienta utilizada con una inusual maestría para llevarnos de la mano por caminos imposibles, improbables después de haberlos cruzado de la mano de Manu Espada. No hay vuelta atrás una vez iniciado el camino, no hay arrepentimiento ni rastro de duda; por sorprendentes que sean las situaciones, éstas son seguidas hasta las últimas consecuencias. Y eso se agradece.
Manu Espada es un escritor creativo, innovador e inconformista. Pero también es un excelente artesano capaz de adecuar el estilo a lo que cuenta, observad las técnicas utilizadas en Marcados, Post-it, Sirenas sobre la calma chicha, o tantos otros. Creador de poderosas imágenes cuando lo necesita la historia o frío como un escalpelo en otras ocasiones. En Fuera de contexto, por ejemplo, consigue plantearnos un divertidísimo musical en el que uno se sorprende moviéndose al ritmo como si oyera la música. Publicidad, La gran batalla, Madrid insólito, Rueda de conocimiento me parecen magníficos, pero sólo cito unos pocos, la lista sería interminable.
En definitiva, Zoom es un libro poderoso, entretenido pero también profundo, que me ha proporcionado un buen puñado de horas de estupenda lectura y que, no me cabe ninguna duda, me seguirá acompañando durante mucho tiempo, he recuperado con este libro algunos microrrelatos que ya conocía y su relectura ha sido muy gratificante y enriquecedora.
Es Zoom, su autor Manu Espada, editado por Paréntesis.28 enero 2011
¡Ya están aquíii!
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Jesus Esnaola
Hoy me dirijo a todos, pero sobre todo a ti, sí a ti, no te gires, a ti visitante ocasional, o incluso nuevo por este blog, a ti que has llegado aquí por casualidad, rebotando de enlace en enlace, a ti. Escúchame.
Sólo faltan tres días y sólo dios sabe, si es que existe el puñetero, la envidia que me das. Porque el lunes realizarás un descubrimiento fantástico, desconoces lo que desde el lunes podrás tener en tus manos, ignoras los mundos, las historias, la imaginación que dentro de tres días te cautivarán para siempre.
Algunos de los que pasáis por aquí podéis haceros una idea, no hace falta que os diga mucho, pero tú, sí a ti te hablo de nuevo, eres un privilegiado. No te lo pierdas.
Ahora pincha en el título de la entrada y paciencia, que sólo quedan tres días.
24 enero 2011
Consejos
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Jesus Esnaola
Todos saben que es una mujer bala perfecta, se diría que ella misma es la única que lo ignora. Sin embargo les sigue la corriente a Drácula y a la emperatriz Sissí, majestad, sus deseos son órdenes.
Perfecta, le dicen, y ella afirma con la cabeza, sin alzar la mirada del plato, mientras esconde bajo la lengua las pastillas que le da la enfermera para después escupirlas a la menor oportunidad. Para ti sería fácil salir de aquí, le susurran al oído, ya sabes, escapar de todo esto, volando.
Perfecta, le dicen, y ella afirma con la cabeza, sin alzar la mirada del plato, mientras esconde bajo la lengua las pastillas que le da la enfermera para después escupirlas a la menor oportunidad. Para ti sería fácil salir de aquí, le susurran al oído, ya sabes, escapar de todo esto, volando.
Una mañana la mujer bala no se presenta en la mesa seis a la hora del desayuno. Sus compañeros se extrañan, la emperatriz Sissí incluso se siente ofendida por el desplante, aunque pronto comprenden y se alegran de que haya podido huir de aquel sitio, volando, dice Drácula, mientras fracasa en su intento matutino de transformarse en lobo para huir de la luz del sol.
22 enero 2011
Colaboración en la Internacional Microcuentista
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Jesus Esnaola
Hoy se publica mi primera colaboración con la revista digital Internacional Microcuentista. Es un comentario sobre un libro de micros que me gusta mucho, "Un koala en el armario" de Ginés S. Cutillas, editado por Cuadernos del Vigía. Espero que os guste.
20 enero 2011
"Tribunal Supremo" en el librito de II Concurso de Microrrelatos sobre Abogados
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Jesus Esnaola
Lo tienen bien ensayado. El asesino sabe que sólo su propio testimonio puede librarlo de la condena a muerte. Con la sala en completo silencio habla de enajenación, de verse desde fuera, sin control sobre lo que hace, como si fuera un muñeco actuando en una maqueta, copia exacta de la realidad. Mira su brazo extraño, con el que sueña cada noche bajando una y otra vez sobre la joven, hundiéndole un cuchillo en el pecho. Llora. El letrado aprovecha el momento, siembra dudas sobre el chapucero informe policial y consigue que el jurado popular empatice con el monstruo, enfermo sin duda.
Satanás, orgulloso del abogado, se vuelve hacia Dios con los ojos brillantes de júbilo, siente cerca la victoria y le dice, tu turno, al tiempo que voltea el reloj de arena y comienza a caer una fina lluvia de tic-tacs de oro.
14 enero 2011
Instrucciones para saludar en Donosti (estilo clásico)
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Jesus Esnaola
Adóptese la posición de paseo, no pretendo restar importancia al saludo estático, que recibirá atención en su momento dadas sus características particulares y, sobre todo, la especial disposición de ánimo que requiere.
La posición de paseo se obtiene de la conjunción de dos gestos. En primer lugar, crúcense ambas manos por detrás de la espalda agarrando con la derecha todos los dedos de la izquierda y dejando libre al pulgar para poder moverlo al gusto. La elección de mano agarrada y agarradora podrá variar en función de la tendencia de cada uno hacia lo siniestro. De ser manco, póngase toda la atención en la mano presente ignorando por completo la ausente, por más que aún le pique. En segundo lugar, mírese hacia el suelo como si la resolución de la conjetura de Poincaré dependiera de su inteligencia. La concentración obtenida le ayudará a fruncir levemente el ceño, muestra de carácter que no de enfado o mal humor. También favorece una ligera cargazón de hombros. Manténgase el equilibrio y comiéncese a andar.
Durante el desplazamiento, alce la vista cada minuto para determinar su posición espacial y detectar a posibles conocidos y sus respectivas trayectorias. No tema que se le pueda escapar alguno porque el donostiarra de nacimiento posee un sexto sentido para localizar cualquier presencia amiga en cinco metros a su alrededor, por mucho que su mirada permanezca fija en el suelo. Los nacidos fuera de Donosti pueden tardar varios años en adquirir esta habilidad y, en casos extremos, incluso no lograrlo nunca.
Llegado el momento de cruzarse con un conocido, amigo o familiar, levante la mirada del suelo, enarque muy levemente las cejas y aproveche ese mismo impulso para dar un ligero cabezazo hacia arriba y en dirección al saludado, acompañándolo de un “¡epa!” golpeado, seco, ligeramente sincopado con el ritmo del paso, que será respondido, a su vez, por una suerte de eco ignorado.
Tras el saludo, recupérese la posición inicial, sin perder el equilibrio ni el paso, y coméntese con el acompañante, de tenerlo, la vieja amistad y profundo cariño que se siente por la persona saludada. Si el paseo se realiza en solitario, regrésese sin pérdida de tiempo a la reflexión sobre la conjetura de Poincaré.
16 diciembre 2010
El hatillo (Crítica literaria)
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Jesus Esnaola
Hace unas semanas me encontré con esta sorpresa: un profesor de el Taller Literario de Salinas (Asturias), utilizó mi microrrelato "El hatillo" como ejemplo de una crítica literaria. Espero que resultara útil a sus alumnos; para mí ha sido todo un regalo.
Pego el post completo a partir de esta línea.Este es un ejemplo de crítica literaria realizada para el taller de creación de Salinas (Asturias). http://tallerliterariosalinas.blogia.com/
El relato está firmado por Jesús Esnaola http://frankensteinsupongo.blogspot.com/ y fue descubierto en la revista literaria online "Narrativas" http://www.revistanarrativas.com/"El Hatillo"
Aquella misma noche, tras escuchar la decisión de Marta, subí a la azotea de casa con el fusil de precisión que usaba cuando iba de caza mayor. Saqué los prismáticos y miré con ellos alrededor de todo el edificio, intentando descifrar cuál sería la ruta más probable.
Hasta el amanecer no las oí acercarse. Venían dos juntas. Aguardé a que se separaran. Todo se complicaría mucho si no lo hacían. Tras unos segundos de tensión, una de ellas viró hacia el sur mientras que la otra siguió directa hacia mí. Cargué el fusil. Coloqué la rodilla derecha en el suelo y encajé bien la culata en mi hombro. Un disparo. Tal vez no me diera tiempo de hacer dos.
Apareció su cabeza en la mira telescópica. Contuve la respiración y mi dedo índice apretó suave el gatillo. La cabeza de la cigüeña reventó y el hatillo que llevaba en el pico con mi hijo, con nuestro hijo dentro, se precipitó al vacío. Cuando estaba a mitad de camino del suelo, desapareció como la pólvora de un fuego artificial pero sin luz, sin ruido.
Este texto presenta una estructura clásica, aunque condensada, de presentación, nudo y desenlace. El nudo es el que asume el peso de la narración, como es habitual, aunque es en el desenlace donde llega la culminación dramática. Y es que es en la tensión dramática, en su medida progresión, donde se encuentra uno de los puntos más destacables del relato. ¿Cómo la consigue? De manera muy sencilla, pero a la vez, muy eficiente: a través de una pormenorizada descripción del proceso del disparo y su previa subida a la azotea.
Es gracias a ello como consigue llamar nuestra atención. Sabemos que el personaje ha subido a la azotea y se prepara a disparar algo, aunque aún no sabemos el qué. El autor nos lleva por donde quiere, ponemos atención en ese fusil y nos olvidamos de la frase inicial y clave descifradora del mensaje del relato: “…tras escuchar la decisión de Marta”. El autor controla los tiempos, juega con el lector. Sabe que aunque pongamos toda nuestra atención en el disparo, luego tendremos que volver atrás. Volver a “la decisión de Marta”. Sin esa descripción, sin esa (falsa) tensión en torno al disparo, llegaríamos demasiado pronto a “la cigüeña”, y vislumbraríamos antes de tiempo el mensaje del relato. “Nunca hay que satisfacer la curiosidad del lector”, como dice André Neuman, o al menos, no satisfacerla demasiado pronto.
En relación a la descripción de la subida y disparo desde la azotea utiliza también un par de recursos para lograr el objetivo de verosimilitud, que nos creamos realmente que ese señor sube a disparar, y no se tratar de una “metáfora”. Dice: “subí a la azotea con el fusil de precisión que utilizaba en caza mayor”… y además: “saqué unos prismáticos”. Para completar el engaño, el autor se refiere a elementos utilizados en la caza, con lo que nosotros no tenemos ninguna duda: “ese tío quiere dispararle a algo”.
Otro punto en el que destaca el relato es la utilización de detalles que avanzan el mensaje sin aclararlo completamente. Son pistas que, hábilmente dispuestas, nos indican el camino hacia ese mensaje del texto. Me refiero especialmente a “la decisión de Marta” y también a las referencias previas a las cigüeñas, antes de nombrarla directamente. Son además, estos detalles, lo que permiten una relectura del texto, tras descubrir su significado. De esta manera, el autor no se queda sólo en el descubrimiento del significado, si no que, además, nos permite una relectura de su relato enriqueciendo el mensaje del mismo.
Y es en ese descubrimiento del significado del relato, donde se halla el punto culminante de la progresión dramática. El momento en el que “revienta la cabeza de la cigüeña” y aparece “el hatillo”, donde el lector comprende el mensaje. Por lo tanto, el autor condensa en el mismo punto, el momento culminante de la acción, el momento de mayor tensión dramática, con la exposición del significado. Por ello, el desarrollo del microrrelato es óptimo. Nuestro interés por la acción aumenta a medida que avanza la trama, deseosos que nos aclare “a quién quiere disparar ese señor”. Y en el momento que nos dice quien recibe la bala, descubrimos el mensaje y el engaño.
Una vez conocido el significado del texto, el lector puede saborearlo y reflexionar. Y aquí es donde se encuentra una de las que, para mí, es clave fundamental de este género: la historia oculta que subyace tras lo evidente. El relato habla de disparos, de azoteas, de hatillos y cigüeñas. Pero nos sugiere mucho más. Y es ahí donde entra la libre interpretación del lector, donde debe intervenir su imaginación y su intelecto, donde entra en juego el llamado “lector creativo”. Muchas veces he hablado de que soy partidario de un lector no pasivo, que sea parte activa de lo que lee. En este sentido, creo que un buen relato o microrrelato debe ser completado por el lector. Es él el que lo cierra, el que pone el último punto. El que lo asume, lo hace suyo, lo vive y lo incorpora a su corpus intelectual y emocional. O no. Un buen texto puede no cumplir este punto, porque a pesar de ser correcto o incluso una obra maestra, “no nos llega”. Esto puede suceder, y lo ideal es ser capaces de escribir sobre temas que “lleguen” y sean comprendidos por todos, pero lógicamente, es complicado. Y es complicado porque penetrar en el alma de todos “nuestros lectores” para dar un vuelco a sus emociones y espolear su intelecto exige, no sólo una enorme capacidad literaria, si no un gran conocimiento del ser humano.
Algo más concreto, y en referencia al relato que nos ocupa, es evidente que hay una historia que subyace tras lo evidente. Habla sobre el aborto. Con pocas palabras y de manera alusiva, se refiere a ese espinoso tema. Y permite todo tipo de especulaciones sobre la historia que vivieron esos dos personajes. Dentro del ámbito del microrrelato este punto es crucial. Hablamos de historias mínimas, pero historias al fin y al cabo. Y en “El hatillo” hay una gran historia. Seguramente, permitiría la creación de un relato mucho mayor e incluso una novela. Normalmente suele ser una buena señal que un relato hiperbreve sea capaz de esto.
Además trata, como dije, un tema espinoso, pero metaforizado. En torno a la “cigüeña” se fragua una historia que acude al acervo cultural común: (el asunto de las cigüeñas y los bebés). Con ello logra, de manera sutil e inteligente, evitar cualquier tipo de tópico al referirse a un tema tan candente como este. El autor logra “meterse en el barro” del aborto y salir “limpio como una patena”. El autor no pretende moralizar, aunque el conflicto subyacente de los personajes tenga un enorme componente moral. Sin embargo, este solamente esta sugerido y creo, de manera acertada, enfoca toda la historia hacia la metáfora de la cigüeña evitando incidir en el conflicto moral de los personajes, al que quizás sólo se refiere en el momento de “la decisión de Marta” y cuando escribe sobre “el hatillo que llevaba en el pico a mi hijo, a nuestro hijo dentro”.
Esta última frase puede suscitar opiniones contrapuestas. Quizás podría eliminarse. No hacer referencia al hijo. El significado del relato permanecería menos evidente, pero se ganaría sutileza. Sería más propio del “lector creativo” del que hablo más arriba. No obstante, la brutalidad de la frase, y el hecho de hacer hincapié repitiendo dos veces “hijo”, aumenta la profundidad del mensaje y nos sugiere ese “conflicto moral” que tienen los personajes.
Otro tema al que me refiero insistentemente es el del título. En este caso cumple las exigencias de los “expertos” en la materia. Es breve, vago, pero tiene gran carga significativa. ¿Se podría titular “La decisión de Marta”? Tal vez, pero esa frase perdería la fuerza que tiene en el desarrollo de la trama. ¿Y la cigüeña? ¡Nunca! Se arruinaría la progresión dramática que se consigue con el disparo.
Ya hemos hablado del desenlace. Pero, ¿y la última frase? Actúa un poco como el anticlímax en el cine. Después del clímax del disparo, y de desentrañar el significado oculto, esa frase nos conduce sigilosamente hacia el final del relato. Tal vez no sea igual de afortunada que el resto. Pero vuelve a sugerir mucho más de lo que dice con esa “pólvora que desaparece sin luz y sin ruido.” Y además nos aclara que estábamos ante un engaño, ante un suceso fantástico, al describir como el “hatillo desaparece a mitad de camino”.
Otros elementos, como el vocabulario utilizado, no son claves en el desarrollo del relato. Lo utiliza sin alardes, de manera justa. El autor pone mucho más énfasis en otros recursos, especialmente en los recursos narrativos. Y si nuestra intención en nuestras creaciones es ir por este camino, nuestro vocabulario deberá no estorbar. Es decir, si nuestra intención es incidir en la tensión dramática y en la metáfora, no distraigamos al lector con alardes innecesarios que detendrán al lector, en vez de facilitarle, como debe ser, la transición por el camino que nosotros mismos hemos marcado para él.
En relación a esto, algo que se me había quedado un poco en el tintero es el ritmo. No hay ninguna obligación de escribir frases cortas en los microrrelatos. Depende de lo que busquemos. En este caso, el autor encadena una serie de frases cortas para lograr un ritmo acelerado que ayude a la progresión dramática: “Hasta el amanecer no las oí acercarse. Venían dos juntas. Aguardé a que se separaran. Todo se complicaría mucho si no lo hacía (…) Cargué el fusil.(…) Un disparo”. Este recurso me recuerda también al lenguaje cinematográfico moderno, que en ocasiones encadena tomas de muy corta duración, generalmente de pequeños detalles, para ganar ritmo.
Un microrrelato debe ser narrativo, conciso y breve. En eso habíamos quedado ¿no? Este cumple la normativa ISO- 9000. Y en relación a los personajes, la descripción es mínima porque no necesita más. No hay descripción física y sólo un nombre: “Marta”. El no concretar estos detalles permite conseguir mayor universalidad en el mensaje (le podría pasar a cualquiera), además de no perder ritmo narrativo.
Y la voz narrativa en primera persona, también colabora en la verosimilitud de la narración y la empatía generada en el lector.
Bueno, y en definitiva, por todo lo anteriormente expuesto es por lo que me gusta este microrrelato.
08 diciembre 2010
Suyo afectísimo
Publicado por
Jesus Esnaola
Recuerda a Papá que baje la tapa de la urna, le pido a Mary Jane mientras una mano enorme la saca de mi lado. Sigo al gato con la mirada. Me quedo sentado sobre la cama ensangrentada de Mary Jane, que a lo mejor me he pasado y la he abierto demasiado, aunque no lo creo, no más que a las otras, y ahora recuerdo, y llamo a Papá, cómo quieres que lo llame, ya estaba aquí cuando llegué, y le digo que no busque más el corazón de Mary, que lo tengo yo, y el gato que no deja de observarme.
24 noviembre 2010
El niño al que se le murió el amigo, de Ana María Matute
Publicado por
Jesus Esnaola
Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:
-El amigo se murió.
-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.
El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.
-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.
Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.
17 noviembre 2010
... o no SER
Publicado por
Jesus Esnaola
Mezclas
A mí me empiezan a entrar dudas nada más poner las copas sobre la mesa. Mientras las servía me han llamado al móvil, era Jacinto para preguntarme si ya estaba hecho, si todo había ido bien, y yo que no me distraigas Jacinto, que bastante tengo, y le he colgado. Ahora, con Esteban, durante el brindis por nuestro décimo aniversario, observo el vino que se remueve en la copa y me pregunto si el cianuro no es del todo incoloro o los reflejos que aprecio en mi copa son producto de la luz del atardecer que se cuela por la ventana.
Papeles
A mí me empiezan a entrar dudas, mujer, me parece que los niños no están jugando al escondite con nosotros, y si lo están haciendo se van a enterar cuando los pille, les voy a dar una buena paliza en cuanto consiga salir de este maldito bosque, todos los árboles son iguales, por dios, no hay quien se oriente. ¿Dónde se habrán metido? Mira, ven, creo que he visto un sendero entre aquellos pinos. Deja de llorar, mujer, que me estás poniendo nervioso. Seguiremos el camino, debe de llevar a algún sitio. Espera. ¿Notas el olor? ¿Notas el aroma a dulces, a caramelo, a chocolate?
A mí me empiezan a entrar dudas nada más poner las copas sobre la mesa. Mientras las servía me han llamado al móvil, era Jacinto para preguntarme si ya estaba hecho, si todo había ido bien, y yo que no me distraigas Jacinto, que bastante tengo, y le he colgado. Ahora, con Esteban, durante el brindis por nuestro décimo aniversario, observo el vino que se remueve en la copa y me pregunto si el cianuro no es del todo incoloro o los reflejos que aprecio en mi copa son producto de la luz del atardecer que se cuela por la ventana.
Papeles
A mí me empiezan a entrar dudas, mujer, me parece que los niños no están jugando al escondite con nosotros, y si lo están haciendo se van a enterar cuando los pille, les voy a dar una buena paliza en cuanto consiga salir de este maldito bosque, todos los árboles son iguales, por dios, no hay quien se oriente. ¿Dónde se habrán metido? Mira, ven, creo que he visto un sendero entre aquellos pinos. Deja de llorar, mujer, que me estás poniendo nervioso. Seguiremos el camino, debe de llevar a algún sitio. Espera. ¿Notas el olor? ¿Notas el aroma a dulces, a caramelo, a chocolate?
12 noviembre 2010
Recomendación (Material de Lectura)
Publicado por
Jesus Esnaola
El escritor Eduardo Berti publica en su blog la dirección de "Material de Lectura", una revista monográfica editada por la Universidad Autónoma de México y dedicada a cuentistas, que va por el número 82, creo, y cuyos números están disponibles para descargar en PDF. Es un verdadero regalo para todos los que amamos el cuento. He subido el enlace a Facebook, pero a la mayoría de vosotros no os tengo por ahí y lamentaría enormemente que os lo perdiérais sólo por no estar en FB, así que... ahí va.
Y de regalo un cuento de Dino Buzzati, incluído en su número, el 14.
Sólo, pinchad en el título del post.
LOS SIETE MENSAJEROS
Habiendo salido a explorar el reino de mi padre, día a día voy alejándome de la ciudad, y las noticias que me llegan son cada vez más escasas.
Inicié el viaje poco después de cumplir los treinta años de edad, y más de ocho años han transcurrido, exactamente ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpido camino. Creía, al partir, que en pocas semanas llegaría fácilmente a los confines del reino; en cambio, he seguido hallando nuevas gentes y pueblos; por todas partes hombres que hablaban mi propia lengua, que decían ser mis súbditos.
Pienso a veces que la brújula de mi geógrafo ha enloquecido y que pensando avanzar siempre hacia el meridión, en realidad hemos andado dando vueltas alrededor de nosotros mismos, sin aumentar jamás la distancia que nos separa de la capital; esto podría explicar el motivo por el cual no hemos llegado aún a la última frontera.
Pero más a menudo me atormenta la duda de que no exista dicha frontera, de que el reino se extienda ilimitadamente y de que, por más que avance, nunca llegaré a ella. Emprendí el viaje cuando yo tenía más de treinta años; acaso demasiado tarde. Los amigos y mis propios familiares se burlaban de mi proyecto, considerándolo como un inútil dispendio de los mejores años de la vida. En realidad, pocos de mis felices allegados estuvieron de acuerdo en que partiera.
Aunque despreocupado —¡mucho más que ahora!—, me preocupé por mantenerme comunicado, durante el viaje, con mis seres queridos y, entre los caballeros de la escolta, elegí a los siete mejores, para que me sirvieran de mensajeros.
En mi inconsciencia, creía que tener siete de ellos era una exageración. Con el pasar del tiempo me di cuenta de que era todo lo contrario, de que eran ridículamente pocos; y eso que ninguno de ellos ha caído enfermo, ni se ha encontrado con salteadores, ni ha perdido la cabalgadura. Los siete me han servido con una tenacidad y una devoción que difícilmente podré recompensar.
Para distinguirlos fácilmente, los nombré con iniciales alfabéticamente progresivas: Alessandro, Bartolomeo, Caio, Domenico, Ettore, Federico, Gregorio.
No estando acostumbrado a estar lejos de mi casa, mandé al primero, a Alessandro, desde la noche del segundo día de viaje, cuando habíamos recorrido unas ochenta leguas. La noche siguiente, para asegurarme de la continuidad de las comunicaciones, envié al segundo, luego al tercero, después al cuarto, y así sucesivamente, hasta la octava noche de viaje, en la que partió Gregorio. El primero no había regresado aún.
Nos alcanzó la décima noche, mientras estábamos disponiendo el campamento en un valle deshabitado. El retorno de Alessandro me indicó que su rapidez había sido inferior a lo previsto. Yo había pensado que, yendo aisladamente, montando un óptimo caballo, él podría recorrer, en el mismo tiempo, una distancia doble de la nuestra; en cambio, él había recorrido solamente una distancia y media. Mientras nosotros avanzábamos cuarenta leguas, él devoraba sesenta, pero no más.
Lo mismo ocurrió con los otros. Bartolomeo, que partió hacia la ciudad en la tercera noche de viaje, nos alcanzó en la decimoquinta; Caio, que partió en la cuarta, regresó en la vigésima. Pronto pude constatar que bastaba con multiplicar por cinco los días empleados para saber cuándo habría de regresar el mensajero.
Alejándonos cada vez más de la capital, el itinerario de los meses se hacía siempre más largo. Después de cincuenta días de camino, el intervalo entre uno y otro retorno de los mensajeros empezó a espaciarse sensiblemente. Mientras que en un principio veía llegar al campamento a uno de ellos cada cinco días, este intervalo se volvió de veinticinco; de tal manera que la voz de mi ciudad me llegaba cada vez más débil. Pasaban semanas enteras sin que yo recibiera ninguna noticia.
Al cabo de seis meses —después de cruzar los montes Fasani—, el intervalo entre una y otra llegada de los mensajeros aumentó nada menos que a cuatro meses. Ellos me daban ya noticias lejanas; los sobres me llegaban ajados, a veces con manchas de humedad, por tantas noches que había pasado a la intemperie quien me los llevaba.
Seguimos avanzando. En vano intentaba persuadirme de que las nubes que pasaban sobre nosotros eran iguales a las de mi infancia; que el cielo de mi ciudad lejana no era distinto a la cúpula azul que alzaba sobre nuestras cabezas; que el aire era el mismo, igual el soplo del viento, idénticas las voces de los pájaros. Las nubes, el cielo, el aire, los vientos y los pájaros me parecían cosas realmente nuevas y diferentes. Y yo me sentía extranjero.
¡Adelante, adelante! Vagabundos que encontré en las llanuras me decían que las fronteras no estaban lejos. Yo incitaba a mis hombres a no detenerse, apagaba los acentos desalentadores que nacían en sus labios. Habían pasado ya cuatro años de mi partida; una larga fatiga. La capital, mi casa, mi padre, eran algo extrañamente remoto, casi no creía en ellos. Veinte meses de silencio y de soledad se prolongaban ahora entre las sucesivas apariciones de los mensajeros. Me llevaban curiosas cartas apergaminadas por el tiempo, y en ellas encontraba nombres olvidados, modismos que nunca había oído, sentimientos que no lograba entender. A la mañana siguiente, tras una sola noche de descanso, mientras nos poníamos otra vez en camino, el mensajero partía en dirección opuesta, llevándose a la ciudad las cartas que yo tenía listas desde hacía mucho tiempo.
Han transcurrido ocho años y medio. Esta noche estaba cenando solo en mi tienda cuando entró Domenico, sonriente, a pesar de estar muerto de cansancio. Hacía casi siete años que no lo veía. Durante todo este larguísimo periodo no ha hecho otra cosa que correr a través de praderas, bosques y desiertos, cambiando quién sabe cuántas veces de cabalgadura, para traerme ese paquete de sobres que aún no tengo ganas de abrir. Ya se fue a dormir y saldrá nuevamente mañana al despuntar el alba.
Partirá por última vez. En la bitácora he calculado que, si todo sale bien, prosiguiendo mi camino como lo he hecho hasta ahora, y él el suyo, no podré volver a encontrarme con Domenico sino hasta después de que hayan pasado treinta y cuatro años. Para entonces tendré setenta y dos. Pero empiezo a sentirme fatigado y es probable que la muerte me atrapará antes. Así, pues, no volveré a verlo.
Dentro de treinta y cuatro años (más bien antes, mucho antes), Domenico verá las fogatas de mi campamento, inesperadamente, y se preguntará cómo es que yo, mientras tanto, haya recorrido tan poco camino. Como esta noche, el buen mensajero entrará en mi tienda con las cartas ya amarillentas por los años, llenas de absurdas noticias de un tiempo ya sepultado; pero se detendrá en el umbral, viéndome inmóvil, tendido sobre el lecho, con dos soldados a mis flancos, sosteniendo las antorchas, muerto.
Sin embargo, Domenico volverá a partir, ¡y no me digan que soy cruel! Portará mi última despedida a la ciudad que me vio nacer. Eres el vínculo sobreviviente con un mundo que hace tiempo también fue mío. Por los recientes mensajes he sabido que muchas cosas han cambiado, que mi padre murió, que la Corona pasó a mi hermano mayor, que me consideran perdido, que han construido altos palacios de piedra donde estaban las encinas bajo las cuales yo solía ir a jugar. No obstante, sigue siendo mi vieja patria. Tú eres el último vínculo con ellos, Domenico. El quinto mensajero, Ettore, que me alcanzará, si Dios lo quiere, dentro de un año y ocho meses, no podrá volver a partir, porque no tendría tiempo de regresar. Después de ti el silencio, oh Domenico, a menos de que al fin encuentre las anheladas fronteras. Pero mientras más avanzo, más me convenzo de que no existe frontera.
No existe, sospecho, frontera, al menos en el sentido que estamos habituados a entenderla. No hay murallas de separación, valles divisorios ni montañas que cierren el paso. Probablemente voy a cruzar el límite sin darme cuenta, y proseguiré adelante, ignorándolo.
Por eso deseo que Ettore y los demás mensajeros que le sigan, cuando me hayan alcanzado de nuevo, no tomen otra vez el camino de la capital, sino que vayan adelante a precederme, con el fin de que pueda saber lo que me espera.
Desde hace algún tiempo, un ansia me consume por las noches, y no porque eche de menos gozos pretéritos, como me ocurría cuando inicié el viaje, sino más bien la impaciencia por conocer las tierras desconocidas a las que me dirijo.
Voy notando —y no se lo he confesado a nadie—, voy notando cómo día tras día, conforme avanzo hacia la meta improbable, la irradiación de una luz insólita en el cielo, que nunca antes había visto, ni siquiera en sueños; y cómo las plantas, los montes y los ríos que atravesamos parecen hechos de una esencia distinta a la de los nuestros y el aire está cargado de presagios que no puedo explicar.
Una nueva esperanza me empujará mañana aún más adelante, hacia esas montañas inexplorables que las sombras de la noche están ocultando. Una vez más levantaré mi campamento, mientras Domenico desaparezca en el horizonte, por la parte opuesta, para llevar a la lejanísima ciudad mi mensaje inútil.
Y de regalo un cuento de Dino Buzzati, incluído en su número, el 14.
Sólo, pinchad en el título del post.
LOS SIETE MENSAJEROS
Habiendo salido a explorar el reino de mi padre, día a día voy alejándome de la ciudad, y las noticias que me llegan son cada vez más escasas.Inicié el viaje poco después de cumplir los treinta años de edad, y más de ocho años han transcurrido, exactamente ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpido camino. Creía, al partir, que en pocas semanas llegaría fácilmente a los confines del reino; en cambio, he seguido hallando nuevas gentes y pueblos; por todas partes hombres que hablaban mi propia lengua, que decían ser mis súbditos.
Pienso a veces que la brújula de mi geógrafo ha enloquecido y que pensando avanzar siempre hacia el meridión, en realidad hemos andado dando vueltas alrededor de nosotros mismos, sin aumentar jamás la distancia que nos separa de la capital; esto podría explicar el motivo por el cual no hemos llegado aún a la última frontera.
Pero más a menudo me atormenta la duda de que no exista dicha frontera, de que el reino se extienda ilimitadamente y de que, por más que avance, nunca llegaré a ella. Emprendí el viaje cuando yo tenía más de treinta años; acaso demasiado tarde. Los amigos y mis propios familiares se burlaban de mi proyecto, considerándolo como un inútil dispendio de los mejores años de la vida. En realidad, pocos de mis felices allegados estuvieron de acuerdo en que partiera.
Aunque despreocupado —¡mucho más que ahora!—, me preocupé por mantenerme comunicado, durante el viaje, con mis seres queridos y, entre los caballeros de la escolta, elegí a los siete mejores, para que me sirvieran de mensajeros.
En mi inconsciencia, creía que tener siete de ellos era una exageración. Con el pasar del tiempo me di cuenta de que era todo lo contrario, de que eran ridículamente pocos; y eso que ninguno de ellos ha caído enfermo, ni se ha encontrado con salteadores, ni ha perdido la cabalgadura. Los siete me han servido con una tenacidad y una devoción que difícilmente podré recompensar.
Para distinguirlos fácilmente, los nombré con iniciales alfabéticamente progresivas: Alessandro, Bartolomeo, Caio, Domenico, Ettore, Federico, Gregorio.
No estando acostumbrado a estar lejos de mi casa, mandé al primero, a Alessandro, desde la noche del segundo día de viaje, cuando habíamos recorrido unas ochenta leguas. La noche siguiente, para asegurarme de la continuidad de las comunicaciones, envié al segundo, luego al tercero, después al cuarto, y así sucesivamente, hasta la octava noche de viaje, en la que partió Gregorio. El primero no había regresado aún.
Nos alcanzó la décima noche, mientras estábamos disponiendo el campamento en un valle deshabitado. El retorno de Alessandro me indicó que su rapidez había sido inferior a lo previsto. Yo había pensado que, yendo aisladamente, montando un óptimo caballo, él podría recorrer, en el mismo tiempo, una distancia doble de la nuestra; en cambio, él había recorrido solamente una distancia y media. Mientras nosotros avanzábamos cuarenta leguas, él devoraba sesenta, pero no más.
Lo mismo ocurrió con los otros. Bartolomeo, que partió hacia la ciudad en la tercera noche de viaje, nos alcanzó en la decimoquinta; Caio, que partió en la cuarta, regresó en la vigésima. Pronto pude constatar que bastaba con multiplicar por cinco los días empleados para saber cuándo habría de regresar el mensajero.
Alejándonos cada vez más de la capital, el itinerario de los meses se hacía siempre más largo. Después de cincuenta días de camino, el intervalo entre uno y otro retorno de los mensajeros empezó a espaciarse sensiblemente. Mientras que en un principio veía llegar al campamento a uno de ellos cada cinco días, este intervalo se volvió de veinticinco; de tal manera que la voz de mi ciudad me llegaba cada vez más débil. Pasaban semanas enteras sin que yo recibiera ninguna noticia.
Al cabo de seis meses —después de cruzar los montes Fasani—, el intervalo entre una y otra llegada de los mensajeros aumentó nada menos que a cuatro meses. Ellos me daban ya noticias lejanas; los sobres me llegaban ajados, a veces con manchas de humedad, por tantas noches que había pasado a la intemperie quien me los llevaba.
Seguimos avanzando. En vano intentaba persuadirme de que las nubes que pasaban sobre nosotros eran iguales a las de mi infancia; que el cielo de mi ciudad lejana no era distinto a la cúpula azul que alzaba sobre nuestras cabezas; que el aire era el mismo, igual el soplo del viento, idénticas las voces de los pájaros. Las nubes, el cielo, el aire, los vientos y los pájaros me parecían cosas realmente nuevas y diferentes. Y yo me sentía extranjero.
¡Adelante, adelante! Vagabundos que encontré en las llanuras me decían que las fronteras no estaban lejos. Yo incitaba a mis hombres a no detenerse, apagaba los acentos desalentadores que nacían en sus labios. Habían pasado ya cuatro años de mi partida; una larga fatiga. La capital, mi casa, mi padre, eran algo extrañamente remoto, casi no creía en ellos. Veinte meses de silencio y de soledad se prolongaban ahora entre las sucesivas apariciones de los mensajeros. Me llevaban curiosas cartas apergaminadas por el tiempo, y en ellas encontraba nombres olvidados, modismos que nunca había oído, sentimientos que no lograba entender. A la mañana siguiente, tras una sola noche de descanso, mientras nos poníamos otra vez en camino, el mensajero partía en dirección opuesta, llevándose a la ciudad las cartas que yo tenía listas desde hacía mucho tiempo.
Han transcurrido ocho años y medio. Esta noche estaba cenando solo en mi tienda cuando entró Domenico, sonriente, a pesar de estar muerto de cansancio. Hacía casi siete años que no lo veía. Durante todo este larguísimo periodo no ha hecho otra cosa que correr a través de praderas, bosques y desiertos, cambiando quién sabe cuántas veces de cabalgadura, para traerme ese paquete de sobres que aún no tengo ganas de abrir. Ya se fue a dormir y saldrá nuevamente mañana al despuntar el alba.
Partirá por última vez. En la bitácora he calculado que, si todo sale bien, prosiguiendo mi camino como lo he hecho hasta ahora, y él el suyo, no podré volver a encontrarme con Domenico sino hasta después de que hayan pasado treinta y cuatro años. Para entonces tendré setenta y dos. Pero empiezo a sentirme fatigado y es probable que la muerte me atrapará antes. Así, pues, no volveré a verlo.
Dentro de treinta y cuatro años (más bien antes, mucho antes), Domenico verá las fogatas de mi campamento, inesperadamente, y se preguntará cómo es que yo, mientras tanto, haya recorrido tan poco camino. Como esta noche, el buen mensajero entrará en mi tienda con las cartas ya amarillentas por los años, llenas de absurdas noticias de un tiempo ya sepultado; pero se detendrá en el umbral, viéndome inmóvil, tendido sobre el lecho, con dos soldados a mis flancos, sosteniendo las antorchas, muerto.
Sin embargo, Domenico volverá a partir, ¡y no me digan que soy cruel! Portará mi última despedida a la ciudad que me vio nacer. Eres el vínculo sobreviviente con un mundo que hace tiempo también fue mío. Por los recientes mensajes he sabido que muchas cosas han cambiado, que mi padre murió, que la Corona pasó a mi hermano mayor, que me consideran perdido, que han construido altos palacios de piedra donde estaban las encinas bajo las cuales yo solía ir a jugar. No obstante, sigue siendo mi vieja patria. Tú eres el último vínculo con ellos, Domenico. El quinto mensajero, Ettore, que me alcanzará, si Dios lo quiere, dentro de un año y ocho meses, no podrá volver a partir, porque no tendría tiempo de regresar. Después de ti el silencio, oh Domenico, a menos de que al fin encuentre las anheladas fronteras. Pero mientras más avanzo, más me convenzo de que no existe frontera.
No existe, sospecho, frontera, al menos en el sentido que estamos habituados a entenderla. No hay murallas de separación, valles divisorios ni montañas que cierren el paso. Probablemente voy a cruzar el límite sin darme cuenta, y proseguiré adelante, ignorándolo.
Por eso deseo que Ettore y los demás mensajeros que le sigan, cuando me hayan alcanzado de nuevo, no tomen otra vez el camino de la capital, sino que vayan adelante a precederme, con el fin de que pueda saber lo que me espera.
Desde hace algún tiempo, un ansia me consume por las noches, y no porque eche de menos gozos pretéritos, como me ocurría cuando inicié el viaje, sino más bien la impaciencia por conocer las tierras desconocidas a las que me dirijo.
Voy notando —y no se lo he confesado a nadie—, voy notando cómo día tras día, conforme avanzo hacia la meta improbable, la irradiación de una luz insólita en el cielo, que nunca antes había visto, ni siquiera en sueños; y cómo las plantas, los montes y los ríos que atravesamos parecen hechos de una esencia distinta a la de los nuestros y el aire está cargado de presagios que no puedo explicar.
Una nueva esperanza me empujará mañana aún más adelante, hacia esas montañas inexplorables que las sombras de la noche están ocultando. Una vez más levantaré mi campamento, mientras Domenico desaparezca en el horizonte, por la parte opuesta, para llevar a la lejanísima ciudad mi mensaje inútil.
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